Rescate emocional

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Las Pelotas se erige como un grupo de sobrevivientes. Están a punto de tocar en el Luna Park para presentar su último trabajo, “Despierta”, gestado en medio de la tormenta que se generó con la partida y posterior muerte de Alejandro Sokol. Hablamos con Germán Daffunchio para saber cómo se hace para renacer con cada canción.




TEXTO MARTIN SANTORO

El nuevo disco parece conjugar muchas emociones casi contrapuestas, que van de la felicidad a la tristeza, de la esperanza a la frustración. ¿Qué te inspiró a la hora de componer?
Las historias de la vida. En “Despierta”, estaban pasando muchas cosas de peso, especialmente la partida de Alejandro y su posterior muerte. A medida que pasan los discos uno ve lo que hicimos antes para mejorar en el próximo. En este caso, nos propusimos llegar al estudio con los sentimientos a flor de piel. Para eso trabajamos muchísimo en la etapa de preproducción. La emoción no es una nota; es una cosa muy rara que se relaciona directamente con la libertad y cómo te sentís cuando estás interpretando. Todo ese contenido es reflejo de la herida y los sentimientos que uno tiene a través del tiempo.

En ese sentido, en las canciones parece estar latente la idea de “volver a creer”…
Cuando escribo no pienso en el mensaje que tengo que dar. Tengo la certeza que las cosas que me torturan o las que me hacen feliz y elevan el alma son comunes a mucha gente. Esa es la premisa. La esperanza tiene que ver con uno mismo y la sincera autoevaluación: admitir las veces que uno se ha equivocado y aceptar cuando uno quiere que las cosas sean de una manera y se dan de otra.

Antes contabas que el disco había llevado mucho trabajo de preproducción. Eso también se nota mucho en el sonido y en lo ajustado que suena todo. Cuando se suben al escenario, ¿buscan lograr eso mismo o ven al estudio y al vivo como dos terrenos distintos?
Creo que son dos cosas completamente distintas. Tenemos una pasión enorme por laburar en nuestro estudio propio e ir evolucionando, porque es como una escuela. En Argentina nadie te enseñe lo que es grabar. Hay mucho que tiene que ver con la psicología, con el trabajo grupal y con intercambiar ideas. Nosotros trabajamos así. No hay un líder que dice “esto es así y vos tocá esto”. En todo caso, cuando algo no cierra lo decimos y seguimos buscando. Nosotros vemos los temas como si fueran cuadros con una personalidad propia. Apuntamos a lograr eso y no a que cada músico se esté luciendo todo el tiempo.

¿Después de tantos años de carrera y de experiencias tan intensas, cuál es el motor que los sigue impulsando?
Creo que lo que más nos ayuda es todos los años que llevamos de lucha en las buenas y en las malas, con la misma pasión. Esas son las cosas que te hacen sobrevivir. Por suerte seguimos haciendo temas y nos seguimos emocionando. Yo siempre les digo a las bandas más jóvenes que hacer música no es lograr un hit. Ser músico es hacer miles de temas a lo largo de tu vida. El hit no significa nada. ¿Cuántos grupos conocés que la pegaron con una canción y después desaparecieron? No se sostiene, porque el público verdadero es el que hacés desde que arrancás en la D, tocando en los pubs y las cuchas, y es consecuente con lo que sos.

Ahora que ya pasó un tiempo desde la edición del disco, ¿qué sentís cuando lo escuchás? ¿Lo seguís disfrutando como el primer día o ya encontraste cosas que querrías cambiar?
Para ser completamente honesto, el disco lo escucho casi todos los días por lo que me transmite. Hay muchas cosas de nuestras vidas que están vivas en esos temas y para mí es como una terapia. Igualmente, te aclaro que escucho cualquier disco de las pelotas y me siento orgulloso. Nunca hice un tema que no quise.

El sonido de las pelotas puede pasar del reggae a una balada o un rock estridente. ¿Cómo hacen para conjugar los géneros y que, al mismo tiempo, mantenga una identidad?
Eso es un grupo. Tuve un gran maestro que fue Luca. Él era como una enciclopedia del rock inglés y siempre me decía, mucho antes que armáramos Sumo, que desde los Beatles hasta Yes habían arrancado en un pub y crecieron tocando. Eso es la consigna de nuestra vida: el laburo constante y la certeza de saber que la gente responde a eso. En lo musical, Las Pelotas tiene un espíritu que no lo puedo explicar pero está ahí. Tengo temas para hacer un disco solista pero son canciones que no serían para la banda. Y si no entran, no los ponemos. Es importantísimo tener personalidad. Además, siempre prevalece la música y no los egos de los músicos.

¿Por qué considerás que se da tanto esa competencia, incluso entre miembros de la misma banda?
Porque ese es el mensaje de nuestra sociedad. El ser el número uno, ver quien la tiene más grande, quién es el más virtuoso, el que salta más alto. En la música lo que verdaderamente importa es emocionar, no que demuestres que podés tocar mil notas en un segundo. Tocá lo justo, lo que te pide la canción.

Actualmente estás en una etapa donde te hacés cargo casi por completo de la tarea vocal, cuando antes compartías ese peso. ¿Cómo te sentís en el rol de frontman?
Tanto Luca como Alejandro fueron escuelas muy fuertes en mi vida. Además, uno tiene que enfrentar lo que le toca. Yo canto desde el segundo disco, pero bueno, siempre estaba Ale adelante. Por suerte me siento muy apoyado por mis compañeros, amo cantar y cada vez lo disfruto más. Después, si no me sale bailar, no bailo. No puedo ser algo que no soy, por que me sentiría mal conmigo mismo. Busco interpretar los temas con el corazón lo más abierto posible.

¿Un show como el de este sábado en el Luna Park representa algo especial para ustedes o lo toman como una fecha más?
Hay toda una historia con el Luna que no es real. Se trata del único lugar en Capital que puede albergar ese número de gente y donde se cumplen las normativas que pide la ciudad. Para nosotros simplemente significa poder encontrarnos con nuestra gente en gran escala después de tanto tiempo. Venimos de dar shows en lugares pequeños y acá tenemos la posibilidad de hacer una apuesta escenográfica, un show más largo y juntarnos con toda esa gente que, porque es el Luna Park, va a ir

¿Disfrutan de igual manera los shows en lugares tan grandes que algo más íntimo?
Son distintos desafíos. Amo tocar en lugares chicos por la comunión que se da con la gente. De todos modos, tocamos con los Stones, con AC/DC y hemos hecho estadios, así que ya estamos acostumbrados y no nos asusta. Nos sentimos cómodos haciendo música, ya sea para cinco personas o para diez mil. A mi me gusta la ida y vuelta emocional con la gente. Me gusta sentir que estamos viviendo otra realidad y salir de ahí con la satisfacción de haber compartido algo hermoso.

¿Qué es el éxito para vos?
Es estar vivo cada mañana, hacer lo que nos gusta y vivir de eso. Por sobre todas las cosa, el éxito es aprender a vivir, porque lo más fácil en este mundo es irse.




*Esta nota salió publicada en el sitio de la revista G7, www.RevistaG7.com

En erupción

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Con la presentación de su flamante disco, “Un volcán”, el trío formado por Jorge Araujo (ex Divididos), Tito Fargo (ex Patricio Rey y sus Redonditos de ricota) y Gustavo Jamardo (ex Porco) insiste en poner la música por sobre todas las cosas. “La industria y el arte no son compatibles”, dicen.



TEXTO MARTIN SANTORO

“Una vez un amigo me dijo que nosotros hacemos música intelectual. Yo le respondí: ‘tal vez tenés razón… o tal vez sos un adoquín’”, cuenta Gustavo Jamardo (bajo) mientras sus compañeros de banda, Tito Fargo (guitarra) y Jorge Araujo (batería), sueltan un torrente de carcajadas. Desde su formación en 2004, Gran Martell condensa una impronta rockera a través de un caldo valvular que combina riffs rabiosos y ritmos antojadizos que ganan intensidad con cada cambio de paso mientras esquivan los lugares comunes del género. “Buscamos destruir el típico formato de trío. Es una actitud que nos seduce y permite sacarle mucho jugo a la banda”, explica Fargo.

Con dos discos en su haber, acaban de editar “Un volcán” bajo una impronta más electroacústica, donde merma la estridencia pero no la intensidad. Con la coproducción de César Silva, afloran arreglos de cuerdas y pianos para sumar matices la propuesta del trío. Hacia fin de año saldrá su sucesor, también titulado “Un volcán”. Para evitar confusión, aclaran que esta contraparte se focalizará expresamente en un sonido más electrificado y macizo de Gran Martell. Será, de algún modo, la otra cara de esta moneda. Sin embargo, como explica Araujo: “Cada parte es una obra en sí misma que no necesita de la otra mitad para completarse”. El baterista agrega: “Nos gusta escapar del rol que nosotros mismos nos generamos en cada grabación. Esta banda es muchas cosas al mismo tiempo”.

No resulta habitual que un grupo edite dos discos en tan pocos meses, pero eso no les preocupa. “No sería honesto esperar un año para sacar toda la música que venimos haciendo solo porque los tiempos que marca la industria son diferentes”, comenta Araujo. Fargo dispata: “La industria y el arte no son compatibles. Sin embargo, uno necesita meterse en ese ruedo para sustentar algo que va más allá de lo espiritual y lo creativo. Hay que tocar, grabar y hacer cosas que requieren estructuras”.

Es evidente que el grupo está acostumbrado a hacer todo a su manera. Gran Martell no tiene un líder o frontman: es un autentico tridente. Fargo trabaja como un artesano de la guitarra, construyendo capas de sonido que cabalgan sobre el pulsante bajo de Jamardo, retroalimentando el crisol rítmico de Araujo. El grupo aprovecha todo ese talento para explotar aristas musicales que no apuntan a demostrar virtuosismo, sino saciar una inquietud sincera. “Cuando un tipo se creyó Gardel, se terminó el artista. Uno siempre tiene que sentirse un poco disconforme”, opina Jamardo.

La necesidad de indagar constantemente en nuevos caminos llevó a Gran Martell a forjar un estilo que, para muchos, es incompatible con el mainstream musical. “La gente que nos viene a ver está buscando siempre algo nuevo. Son personas de gran apertura mental que disfrutan del mismo modo con un tipo que canta acompañado por un violín y con un trío de rock que aplasta. No es fácil encontrar gente así”, señala Araujo. “De todos modos, siento que Gran Martell es un grupo de música popular. Que no me vengan con eso de ‘música para músicos’”.

En seis años de trabajo, la banda ha desarrollado una identidad única, cimentada en la música y en los vínculos humanos. Jamardo es categórico: “Ninguna química se genera en el ruedo. Si no hay un vínculo especial desde el inicio, se puede insistir durante un tiempo pero todo terminará en el fracaso. La conexión entre nosotros fue inmediata. Por eso somos una banda. Si no, no lo hubiéramos hecho. No lo hubiese permitido”. Araujo sonríe y remata: “Si vos nos preguntás qué es lo que pretendemos de esto, la respuesta es simple: la música está antes que todo, siempre”.




*Esta nota salió publicada en la edición de septiembre 2010 de la revista G7

La casa del Jazz

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En la última década, Thelonious se convirtió en uno de los puntos cardinales de la escena porteña de jazz. Siguiendo la tradición de los clásicos reductos neoyorquinos, los hermanos Lucas y Ezequiel Cutaia abrieron un espacio donde convive el pasado, presente y futuro de un estilo tan clásico como inquieto.




TEXTO MARTIN SANTORO

¿Cómo nació la idea de abrir un club a presentar jazz en vivo prácticamente todos los días? ¿La impronta de los clásicos clubes de Nueva York, fue algo que buscaron concientemente?
La idea surgió de un viaje que hicimos a NYC en 1998, del que volvimos con mucha energía y ganas de abrir un club que funcionara todos los días en los mismos horarios, con jazz en vivo o alguna propuesta interesante para escuchar. Esa influencia fue una búsqueda conciente e improvisada. Para hacer algo relacionado al jazz, siempre hay que improvisar un poco, especialmente en Buenos Aires. En cuanto a sonido, bucamos algo más acústico y casi sin amplificación, para que se escuchen los instrumentos con su sonido original y en una atmósfera adecuada.

Thelonious se ha convertido en un lugar con identidad propia, donde la gente sabe siempre va a encontrar una propuesta que mantiene un parámetro de calidad. Es como si el lugar generase un interés por sí mismo. ¿A qué lo atribuyen?
Por suerte es así. Siempre programamos cosas que nos resultan interesantes. Nunca cedimos en eso. Además, el paso de 10 años manteniendo una línea ayudo mucho a que la gente confié a la hora de elegir ir a escuchar música a Thelonious.

¿Con qué criterio eligen a las bandas o músicos que se presentan?
Hay músicos que, de alguna manera, están siempre y alrededor de ellos vamos armando la rueda. El criterio esta en el buen gusto, la presentación de nuevos discos, la búsqueda de un buen sonido y mostrar cosas diferentes. Después esta el trabajo de los músicos, que es lo más importante: generar la magia y punto. Eso rompe la monotonía y siempre resulta interesante para un buen espectador.

¿Cuáles son los principales cambios que notaron en la escena, tanto de las bandas como del público, en estos 10 años?
El cambio en el público fue claro: pasamos de tener noches muy solitarias a otras desbordadas de gente. Eso fue importante, ahora hay que encontrar la armonía entre el silencio original y el club lleno. En cuanto a las bandas, vimos el crecimiento de toda una generación de músicos muy talentosos dentro del jazz y una nueva que se esta por venir.

¿Cuál sienten que es el rol del club en la escena porteña del jazz?
El club es un pequeño eslabón en la comunicación entre los músicos y la gente; un espacio donde la música llega a un destino

¿Consideran que hay un creciente interés, tal vez más popular, por el jazz? ¿Es resultado del “adiestramiento” del oído del público o de una mayor exposición y ofertas interesantes?
No creemos que haya mayor interés. Eso siempre estuvo. El tema es la comunicaron, donde la gente se entere que suceden otras cosas. Eso lleva tiempo.

Habiendo cumplido su primera década, ¿qué planes tienen para la próxima?
No hay plan: ¡vamos a seguir improvisando!




*Esta nota salió publicada en el sitio de la revista G7, www.RevistaG7.com

Estados alterados

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Desde su formación en 2005, Sutottos se ha convertido en una de las propuestas teatrales más interesantes en la comedia porteña. Tras el gran éxito de “Sujeto tácito”, el dúo compuesto por Andrés Caminos y Gadiel Sztrikahora presentan “Colapso”, su nueva obra que conjuga un humor tan estridente como pensante. Allí buscan retratar la irritación, impaciencia y tedio cotidiano que azota al sistema nervioso del hombre común justo antes de que explote.



TEXTO MARTIN SANTORO

¿Cómo definirían a Sutottos en el contexto del teatro actual?
Es un equipo que hace teatro, un espiral que asume espacios creativos. Por suerte, como en todo aquello que refiere a una obra, solo se puede saber lo que Sutottos es asistiendo a lo que Sutottos hace. Y lo que Sutottos hace esta en los ensayos y en los espectáculos que el grupo ha creado. Es también un pequeño aporte al teatro popular, que pretende no dejarse vencer ante las enormes competencias del cine y la televisión, y que busca compartir un acontecimiento apoyado en el juego y en un delirio siempre latente.

¿La naturaleza ecléctica del “humor Sutotto” resulta de la fusión del estilo personal de cada uno o, por el contrario, los dos están en la misma sintonía y se potencian?
No se si se puede hablar de un estilo de humor Sutotto, pero las obras que presentamos son producto de la fusión de nuestras propias poéticas. Creemos que a la hora de crear un espectáculo, no pensamos en definir un estilo sino mas bien en dejar que el ensayo nos guié. Trabajamos juntos hace más de seis años y algunas cosas no sabemos a quién pertenecen. La clásica pregunta “¿a quién se le ocurrió lo de…?” no suele encontrar respuesta.

¿Cuáles son las principales diferencias (en cuanto a la intención) que encuentran entre “Colapso” y “Sujeto tácito”? ¿Sienten que, en alguna medida, es como una continuación o más bien algo completamente distinto?
“Colapso” es un espectáculo con un contenido más ácido que “Sujeto Tácito”, pero ambos van en la línea de un grupo que encara determinada búsqueda y, en este caso, coinciden en hacer una crítica a la sociedad y sus manías. “Sujeto Tácito” es mucho mas amable que “Colapso”, el cual hace una critica profunda y moviliza a los espectadores desde un humor un tanto incomodo. Ambos son parte de un recorrido de grupo y el punto en común es la búsqueda de un lenguaje propio y singular

La obra busca reflexión sobre el estado violento de la sociedad actual y cómo esta nos lleva a un derrumbe emocional. Imagino que ustedes habrán tenido colapsos personales que inspiraron la obra. ¿Por qué decidieron hacer de esto un espectáculo de humor y a qué atribuyen que funcione tan bien?
No creemos que uno sepa con claridad cuán colapsado está, pero es algo que está vivo y viaja en los colectivos, en subtes, está en el tránsito, en la cola del banco, al chocar con otra persona por la vereda… Es también el odio contenido de las frustraciones, la incapacidad de exteriorizar los conflictos; es una violencia del tipo urbano. No es que no existan colapsos en los pueblos, pero no son los mismos que en la ciudad. Por eso creemos que es un espectáculo de las grandes urbes.

De todas formas, también hay que pensarlo en un sentido positivo: la posibilidad de advertirlo y ver qué hacer con todo eso. Claramente, nosotros no somos quienes otorgan respuestas a la sociedad para que deje de colapsarse, pero intentamos una reflexión en ese sentido. Ponemos sen escena pedazos de existencia y al espectador se le producen identificaciones, pero sobre el escenario se ven singularidades.

Es una gran alegría para nosotros que el público disfrute de “Colapso”. Nunca nos interesó hacer teatro para gente que “hace teatro”. En este sentido, defendemos lo popular, el boca a boca hace que la sala se llene cada sábado. Esa es la mejor prensa.

A la hora de escribir el guión, ¿qué predomina: la búsqueda de humor o de reflexión?
El guión es el resultado de infinitos ensayos que desgrabamos y bajamos al papel. El trabajo que hacemos es ordenar, limpiar, editar eso. En algunos casos modificamos algún detalle que puede producir humor, pero en general la gracia está en cómo se cuenta. En “Colapso” se ironiza sobre varios aspectos de la sociedad pero, al mismo tiempo que se genera humor, se está produciendo la crítica, porque el espectador se ríe de sus propias miserias, como también nosotros actuamos las nuestras.

¿Cómo componen a los personajes? Es llamativo que se hayan convertido en oficinistas, niños y ángeles para transmitir su mensaje.
Los ensayos nos fueron convirtiendo en oficinistas, niños y ángeles, pero pudimos ser jugadores de fútbol, hormigas y pastores. A priori, sería difícil decir que, para hablar del colapso, son indicados un par de ángeles sobre una escalera. Los ángeles aparecieron en un ensayo, aunque más como una especie de pintores. Quizás de allí surgió la escalera, quizás de allí las alas… Seria muy difícil encontrar un solo lugar desde el que aparecen las cosas.

Ciertamente dos tipos de espectador: el que lo ve como ajeno y se ríe, y el que ríe incómodo al verse reflejado. ¿Qué clase de reacción buscan en el público?
En “Colapso”, es difícil pensarse ajeno a lo que se cuenta, el espectáculo no discrimina edades, clases sociales o ideologías. La respuesta del público es siempre inesperada ya que nunca reaccionan como uno cree y no todos reaccionan igual. Intentar complacer a todos o preocuparse demasiado por lo que el público puede pensar es una tarea sin sentido, perjudicial para la salud y que puede llevar a la psicosis (risas). Es mucho mas sano juntarse a ensayar en una pequeña habitación durante ocho meses y, como diría Peter Brook, dejar que la pelotita rebote.

¿Cuánto representa un ensayo meticuloso y cuánto dejan libre a la improvisación?
Nada esta librado a la improvisación y, sin embargo, cualquier momento es potencialmente “improvisable”. Lo importante es la conexión, la comunicación que existe entre nosotros cuando estamos actuando. Cada detalle y movimiento, por mínimo que parezca, esta ensayado. Somos muy meticulosos y obsesivos de cada texto, mirada o gesto. En la tranquilidad que produce una “partitura” absolutamente estudiada, de abajo a arriba, de izquierda a derecha, surge la libertad para jugar.

¿Qué les gustaría que se lleve la gente cuando sale del espectáculo?
Una bolsita con caramelos, pero no nos da el presupuesto (risas).

¿Qué es el éxito para los Sutottos?
El éxito es un cuaderno con tapas duras y forrado. Contiene 48 hojas de 100g extra resistentes. Existen otras marcas como Rivadavia, por ejemplo (risas).

¿Cuáles son sus próximos planes?
Por ahora seguir con las funciones de “Colapso” y empezar a ensayar el quinto espectáculo. El año que viene queremos reponer “Sujeto Tácito”, “Colapso” y muchísimo más. No sabemos bien qué es, pero hay mucho más por venir.




*Esta nota salió publicada en el sitio de la Revista G7, www.RevistaG7.com

Ah, el camino...

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"La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos estallando como arañas entre las estrellas y, en el medio, se ve una luz azul y todo mundo suelta un ¡Ahhh!" - Jack Kerouac





PEZ en Niceto

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PEZ - Frágilinvencible 2000-2010
10 de julio 2010
Niceto Club

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Fiel a su estilo

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Participó en más de 150 discos de todo tipo y conformó decenas de bandas en sus treinta años de carrera. Es una pieza fundamental en la refundación sonora de Wilco y acaba de visitar Buenos Aires con su banda, The Nels Cline Singers.

TEXTO MARTIN SANTORO


Nels Cline es un espécimen raro dentro del mundo de la guitarra. A lo largo de su carrera, colaboró con referentes tan diversos como Thurston Moore de Sonic Youth y Charlie Haden, contrabajista de Ornette Coleman y Keith Jarrett. Tal vez por eso no debería extrañar que su evolución musical tenga como responsables tanto a Coltrane y Miles Davis como a Jimi Hendrix y Jeff Beck.

Con The Nels Cline Singers, la banda que lidera desde hace una década, navega en zigzag las fronteras del caos y el control combinando jazz, fusión, psicodelia, kraüt y stoner rock desde las mismas seis cuerdas. Su nuevo álbum, “Iniciate”, es un fiel reflejo de ese crisol de sonidos, con un cuidado disco de estudio y otro en vivo, donde intenta un balance clave en su música: “Sin duda, la combinación de improvisación y composición es lo que más busco”, explica.

Lejos de verse como un nuevo héroe de la guitarra, Cline celebra cuando es el proyecto que se destaca y no duda en aclarar: “Los cumplidos no me aportan mucho. Lo que sí me encanta es venir acá y ver el interés que hay por mi música, porque siempre asumo que nadie la escuchó”.

Sincero, no tiene vergüenza al contar que la mayoría de su carrera fue sustentada por trabajos mediocres durante el día, que estaba por cumplir 50 años y era prácticamente pobre, y que si no estuvo tanto de gira fue porque los números siempre estaban en rojo. “Hoy puedo darme el lujo de perder plata pero pagarle a todos lo que corresponde y, de última, yo no cobro, porque mi recompensa está en hacer lo que quiero”, remata.

Esta peripecia profesional fue posible gracias a que en el 2004 se unió a las filas de Wilco, una de los grupos de rock más creativos y aclamados de Estados Unidos en los últimos años. “Me gustaba el contexto y la idea de una banda de rock y, sinceramente, necesitaba algo con lo que pudiera subsistir, pero no podía aceptar lo que fuera. Sabía que esto iba a ser abierto, creativo y que podía pasar cualquier cosa en cualquier momento, porque todos estamos tocando al tope de nuestras habilidades noche tras noche. Por suerte ha sido mucho mejor de lo que pude haberme imaginado”, asegura.

En cada fraseo, Cline demuestra ser un ejemplar único, un colaborador tan sutil como sustancial. Dentro del monolito que es Wilco, logra entremezclar sus excéntricas tangentes sonoras dentro de una aceitada banda de canciones. Desde su llegada, el grupo abrió su paleta, cambiando la experimentación del sonido por la experimentación melódica. Lo que antes era densos climas de ruido musical, pasó a ser una improvisación contenida, con la libertad para volar pero la conciencia para ubicarlo en un tiempo y lugar. Aún así, escapa al reconocimiento: “No sé si cambié el sonido de la banda pero Jeff [Tweedy, líder de Wilco] sabe cómo permitir que las cosas pasen, ayudando a la música. Yo espero a ver cuál es la dirección que quieren tomar y trato de acoplarme. Mi personalidad es de total colaboración”.

Lejos de sentarse a disfrutar las mieles del éxito, potencia su hiperactividad al máximo con decenas de proyectos alineados y un próximo disco de Wilco que será “más raro y loco”. “Si mi vida sirve de ejemplo para algo, la clave es seguir insistiendo y nunca rendirse. Siempre quise hacer esto y ahora tengo que aprovechar que se me da, aunque esté un poco más viejo de lo que esperaba. Si aguanté todos estos años fue porque opté por hacer solamente la música que me hace feliz. No lo hubiese podido lograr de otra manera”. Pasión, perseverancia y paciencia. Esa es la llave del éxito y Nels Cline lo sabe bien.



*Esta nota puede verse en la edición de agosto 2010 de la revista G7

Nels Cline en La Trastienda

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THE NELS CLINE SINGERS
10 de junio 2010
La Trastienda

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Nueva corriente

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Después de tres años de silencio discográfico, acaban de editar “El río”, un álbum que los acerca al oído popular pero sin perder un ápice de personalidad. Desde un viejo bar de Congreso cuentan cómo es vivir con un pie en cada orilla.





TEXTO MARTIN SANTORO

“Puedo ser el mejor, despeinado y maricón / o puedo ser muy normal, yendo siempre hacia ningún lugar / pero no te olvides que nunca dejo de ser yo” canta Gori, líder de Fantasmagoria en “Fósforos mojados". Así, el ex Fun People –uno de los compositores más ilustres de nuestro under– parece escapar a cualquier casilla en la que se lo quiera meter. Lo mismo ocurre con su actual banda, que luego de una década de vida sigue siendo un “bicho raro” en la escena local.

Tras años de formaciones itinerantes, el grupo se parece haber asentado definitivamente con Gori (Carlos Loncharich según sus documentos) en guitarra acústica, Ignacio Birzuela en batería, Juan Cruz Zaballa en bajo y Sebastián Volco en teclados. Si bien cada uno aporta su lenguaje, no dudan en afirmar que se alinean detrás de un “sonido Fantasmagoria” que envuelve todo y elude cualquier clasificación. Sí: canaliza un espíritu sesentista con la psicodelia de los tempranos Pink Floyd, la elegancia de The Kinks, el groove desfachatado de los Rolling Stones y las armonías de los Beach Boys. Eso y mucho más. Sin embargo, la identidad no está anclada en postales de antaño y que, por sobre todo, hay un contenido que pesa más que las formas. “Mientras esté claro lo que dice la canción y suene como tiene que sonar, no me calienta definirlo. Lo importante es la personalidad y que el disco sostenga una línea” explica Brizuela.

Históricamente, el grupo abrazó el dogma de la autogestión más por necesidad que por orgullo. Hace un tiempo, tan cansados de propuestas leoninas de las discográficas como de hacerse cargo de sacar material por su cuenta, habían decidido suspender su usina compositiva, con un disco entero casi terminado a la espera de una mano que ayude. En medio de ese lánguido suspenso apareció Bingo!Records con una propuesta que reactivó el proyecto y trajo a Pablo Romero (de Árbol) como productor para arrancar de cero. Bajo esta premisa, conjugaron material de todas las épocas y armaron otro repertorio, que condensa las múltiples aristas de su música.

Con desconfianza, encomendaron en Romero la tarea de plasmar la esencia de las canciones y, al mismo tiempo, hacerlas “populares”. “Al principio dudamos un poco porque nunca habíamos trabajado de esa forma y teníamos miedo de qué iba a hacer un productor con nosotros, a ver si terminábamos siendo Airbag o algo así. Por suerte después nos cerró el orto a todos y se lo dijimos”, admite Gori. No hay duda de que su aporte se siente en un sonido pulido, pulsante y más enfocado. Basta escuchar la reencarnación del tema que da nombre al disco –ya lo habían grabado en el EP Abracadabra, de 2007– para comprobar cómo una buena canción puede devenir en un perfecto y merecido hit.

Si bien la salida de “El río”, grabado en apenas cuatro días, puede tomarse como un salto hacia una posible masividad, el cantante y guitarrista es más prudente: “Lo siento como un paso más, aunque uno largo, como una zancada, porque tardó mucho en salir entonces fue como un alivio”. Tal vez por eso la meta no sea la masividad sino subir la apuesta. “Sería buenísimo que este disco funcione para llegar al próximo y poder agarrar todo el material que tenemos en la sombra: que destapone”, sueña Gori, mientras que Volko, tan en broma como en serio, sintetiza: “Que fluya… y que llegue al mar”.



*Esta nota salió publicada en la edición de julio 2010 de la revista G7

El tema del día...

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The Kinks: "Sitting in my hotel", del disco Everybody's in show business.





If my friends could see me now, driving round just like a film star,
In a chauffeur driven jam jar, they would laugh.
They would all be saying that it's not really me,
They would all be asking who I'm trying to be.
If my friends could see me now,
Looking out my hotel window,
Dressed in satin strides and two-tone daisy roots,
If my friends could see me now I know they would smile.

Sitting in my hotel, hiding from the dramas of this great big world,
Seven stories high, looking at the world go by-y.
Sitting in my hotel room, thinking about the countryside and sunny days in June.
Trying to hide the gloom, sitting in my hotel room.

If my friends could see me now, dressing up in my bow-tie,
Prancing round the room like some outrageous poove,
They would tell me that I'm just being used
They would ask me what I'm trying to prove.
They would see me in my hotel,
Watching late shows till the morning,
Writing songs for old time vaudeville revues.
All my friends would ask me what it's all leading to.

Sitting in my hotel, looking through the window at the people in the street,
Seven stories high looking at the world go by,
Sitting in my hotel, looking at the world outside.

If my friends could see me now they would try to understand me,
They would ask me what on earth I'm trying to prove.
All my friends would ask me what it's all leading to.

A contramano

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El trío acaba de completar "Radiolarians", un proyecto que dio como resultado tres discos, otra forma de hacer música y una nueva visita a nuestro país. John Medeski cuenta cómo es nadar contra la corriente.



TEXTO MARTIN SANTORO

El idioma inglés suele presentar palabras que portan en sí significados tan antagónicos como complementarios. “Play” implica tanto “ejecutar” como “jugar”. Una palabra, dos conceptos y la definición perfecta para lo que hacen Medeski, Martin & Wood con la música. Desde hace 20 años, la banda neoyorkina revitaliza el jazz, evitando el tedio academicista para presentarse como aventureros sonoros. “Lo más lindo del mundo es salir sin ningún tipo de ensayo previo y simplemente tocar y crear ahí, en el momento”, cuenta el pianista con una sonrisa.

Su último trabajo se gestó en medio de un proceso que parecía ir casi a contramano de los cánones de la industria. Primero compusieron las piezas, luego salieron de gira para pulirlas sobre el escenario y finalmente entraron al estudio para plasmar el resultado. Este proceso generó tres sets, tres giras y tres discos. Crear, tocar, grabar y repetir: en medio de esta vorágine, el trío logró capturar canciones con una frescura y vitalidad inmejorable, explotando su genio creativo en cada etapa.

¿Por qué eligieron este camino para “Radiolarians”?
¡Porque podemos! (risas) Ahora somos nuestra propia compañía discográfica y pensamos que sería una buena forma de hacer el disco. El principal motor era escribir mucha música. Queríamos desarrollar un set nuevo para cada gira y no tocar lo mismo de antes. Después pensamos que estaría bueno escribir estas canciones, pero dejándoles un final abierto y pulirlas en la gira. Apuntamos a que el trabajo de estudio fuese rápido y prácticamente en vivo.

La banda realmente se destaca sobre el escenario, logrando una dinámica de improvisación en vivo que ya es su estampa. ¿Cómo traducen esa frescura a un contexto contenido como es el estudio?
Esa es una gran pregunta… y muy difícil de responder. No creo que se pueda. A lo sumo capturás un momento o versión particular. La frescura está en la forma de encararlo y de tocar. Tiene la ventaja de ser un ambiente controlado que da paz y permite que te concentres más en los detalles. A veces el público puede ser hasta molesto, por ejemplo cuando alguien grita algo en medio de una canción. Hay dos caras realmente. Por un lado, no te distraés con lo que pasa a tu alrededor pero, a la vez, tampoco te podés alimentar de eso de para inspirarte. El éxito está en capturar la frescura de lo que hacemos en vivo y combinarlo con lo pulido del estudio.

Después de casi 20 años juntos, ¿cómo mantienen las cosas frescas y creativas?
Todos tenemos proyectos paralelos en donde también crecemos. Además, somos afortunados de no haber tenido ningún hit en la radio, así no estamos “forzados” a tocarlo todo el tiempo. Veo bandas donde los miembros ni siquiera se hablan y viajan separados. Para mí, la música no se trata de eso. Nosotros seguimos disfrutando estar y tocar juntos. Incluso, estos últimos años tal vez han sido los más creativos de nuestra carrera, así que no veo por qué frenar. En cuanto dejemos de crecer, nos dedicaremos a otra cosa.

¿Qué puede esperar el público para este show en Buenos Aires?
La última vez que vinimos todavía estábamos desarrollando el tercer volumen, así que va a estar bueno cerrar el ciclo. De todos modos, pueden esperar lo inesperado. Con la música, hay que estar preparado para embarcarse en un viaje, con la mente bien abierta.



*Esta nota salió publicada en la edición de mayo 2010 de la revista G7

Espíritu inquieto

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Acaba de editar un nuevo disco al frente de Pez, en el que la banda hinca más el diente en la efervescencia rockera de su antecesor. Simultáneamente, inaugura un nuevo capítulo con el notable trío acústico Flopa Manza Minimal. Está claro: dividido, multiplica.



TEXTO MARTIN SANTORO
FOTO NORA LEZANO

Prolífico, versátil, hiperactivo, honesto, dotado, temperamental… ¿Cuántos adjetivos encajan a la perfección a la hora de describir a Ariel Minimal? Como una especie de antihéroe del rock local, desde hace 16 años está al frente de Pez, con una carrera intachable de autogestión, libertad, talento y coherencia. “Honrar la ansiada libertad, luchar y perseguir los sueños / y sin saber por qué estamos acá, hacer que esto resulte bueno” define en “Soñar soñar”, una canción de la reciente cosecha.

Acompañado por Franco Salvador en la batería, Fósforo García en el bajo y Pepo Limeres en los teclados, exprime cada gota de una creatividad tan rica como ciclotímica que no muestra señales de detenerse. Con su flamante doceavo disco, intitulado, la banda reafirma sus raíces pero sigue expandiendo su horizonte. Sin un segundo de respiro entre tema y tema, despliega un sonido incandescente, bañado en estridencia rockera, testosterona adolescente y virtuosismo sapiencial. Aún así, la distorsión que pulsa salvaje nunca descuida matices y sutilezas que engalanan cada ritmo, riff y melodía.

En estos días, la banda también se encuentra seleccionando material para un nuevo disco en vivo, pensado para fin de año. “La idea es que no se repita ningún tema que hayamos puesto en el otro (Para las almas sensibles, 2005)”, explica Minimal quien, como si fuera poco, se acaba de reunir con Florencia Lestani y Mariano Esaín para revivir Flopa Manza Minimal, una de las experiencias musicales más celebradas de la década, y dar forma a un ciclo durante todos los jueves de mayo en el porteño UltraBar. Si bien hay olor a vísperas, Ariel no promete más que el hoy. Y no es poco.

¿Después de tantos años separados, qué los llevó a juntarse nuevamente y resurgir Flopa Manza Minimal?
La verdad que no hay demasiad explicación. Sabíamos que iba a pasar eventualmente y bueno, se está dando ahora. De todos modos, tampoco es que retomamos “el proyecto”. No tenemos pensado grabar un disco ni nada. Armamos unos shows para salir a tocar porque está buenísimo: vimos que funcionó y fluyó de vuelta. A mí me gusta mucho cómo se escuchan nuestras voces juntas y las canciones.

Igualmente ya hubo un par de encuentros esporádicos, como en el BAFICI del 2007 o en uno de tus shows como solista a fines del año pasado…
Sí, eso estuvo muy bueno pero ahora le dimos un poco más de consistencia.

¿Entonces no hay ningún proyecto futuro más allá de estos shows?
No hay planes firmes. Ojalá… De hecho, estamos haciendo temas nuevos que compusimos, pero no sabemos si los vamos a grabar.

Si bien fue un proyecto efímero, en su momento fue catalogado como uno de los mejores discos del año y, hasta el día de hoy, se sostiene bien arriba cada vez que se repasa la década. ¿Ese tipo de reconocimiento te dice algo o no importa? ¿Te sigue sorprendiendo lo que continúa generando aquel trabajo, siete años después?
No me importa en el sentido de ese éxito, pero sí genera una cosa propia de pensar que, si hacemos otro, tiene que estar a la altura. De todas formas, para mí, el disco estaba bueno más allá de la apreciación posterior que se generó. Me pasa exactamente lo mismo con el que hice junto a Florencia Ruiz (“Ese impulso superior”, 2008). Si ahora tuviese que hacer otro con ella, tendría ese fantasma de que tiene que estar tan bueno como el anterior. Un poco de eso ocurre con Flopa y Manza. Ese álbum fue como tirar una bomba e irnos. No tuvo la consistencia de un plan de lucha. Fue un acto terrorista (risas), sin sentido, sin saber por qué, cuándo, cómo… y quedó en la nada. Ahora estamos tocando esas canciones y otras. Si en algún momento toma forma de disco y se vuelve consistente como el anterior, grabaremos.

¿Cómo te sentís en esta situación del trío donde solo tenés el 33% de la última palabra, mientras que tal vez en Pez podés “salirte con la tuya” un poco más?
No es que en Pez tengo más peso sino que se trabaja de ese modo: los chicos confían más en mí. Yo vengo con cualquier idea, realmente cualquier idea, a lo largo de los años y a veces me miran raro, pero confían mucho en lo que hago. Lo otro es buscar todo el tiempo un punto común. Por ejemplo, Manza ya me dijo que no quiere hacer ningún tema tipo folclore. Ahí somos tres solistas que nos juntamos para hacer esto, entonces mostramos lo que podemos hacer juntos, aunque somos diferentes entre nosotros.

¿Cómo te tomás este pasaje de impronta más acústica en el contexto de la estridencia rockera cotidiana de Pez?
Son dos cosas que corren al mismo tiempo. No es algo que necesito, el ying y el yang ni nada de eso. Todo se da al mismo tiempo. Siempre fue así para mí.

Es cierto, pero cuando sacaste tus discos solistas o armaste proyectos paralelos, generalmente fue en momentos más inactivos de Pez. En este caso, están en plena presentación del nuevo disco y, al mismo tiempo, tenés varias fechas con el trío. ¿Cómo hacés para acomodar todo?
No sé (risas). Es la primera vez que tengo las fechas tan pegadas, pero yo estoy en la sala tres o cuatro días a la semana, tocando. Hacerlo con público adelante es lo mismo, no cambia ni me representa un problema. Por el contrario: ojalá pudiera tocar todos los días.

Con esta formación de Pez pareciera que llegaron a una síntesis perfecta donde pueden cubrir todas las bases de los estilos de sus discos pasados (tanto del quinteto como del trío), donde no sobra nada y podés tocar todo. ¿Lo ves así?
Se estabilizó bastante este cuarteto, pero no lo intelectualizamos mucho. Se ve que estamos cómodos y no tenemos en mente sumar un violín o un oboe (risas). Creo que encontramos una formación que responde a todas nuestras inquietudes bastante bien, entonces no nos molestamos en cambiarla. Por sobre todo, está bien balanceada. Me gusta mucho la cosa humana que se genera. Nosotros la pasamos bien y la sala es un lugar con energía, no es agua estancada. Me encanta eso de este cuarteto.

Veo que te gusta mucho el contexto de la sala. ¿Arriba del escenario te divertís tanto como acá o ya entra en juego algún tipo de presión?
Son dos cosas diferentes. La adrenalina que supone el público acá no está. Incluso cambia mucho si viene algún amigo a vernos ensayar, porque tocamos para esa persona. Si ya ahí se genera una diferencia, imaginate lo que es en frente de un lugar lleno de gente que pagó una entrada para vernos. Yo no puedo relajarme tanto, olvidarme y dejarme ir. A veces ocurre y está buenísimo pero no es tan fácil abstraerse y olvidarte que estás tocando en La Trastienda, por ejemplo, que hacés cuatro o cinco al año. Es una fecha importante que tiene que salir bien, me tengo que acordar las letras y todo eso (risas).

En vivo tienen una fracción del público con el que se entabló una rutina donde intercambian chistes, gritos y algún que otro insulto, pero que últimamente se ha vuelto más violento hacia vos en particular. Me recuerda esa frase de El Principito que dice “eres responsable para siempre de lo que has domesticado”. ¿Cómo te llevás con aquellos que buscan llamar la intención gritándote cosas que, muchas veces, son ofensivas?
A veces me rompe las pelotas, a veces me chupa un huevo y a veces digo: “Pará…”. Me hago cargo de que yo jugué a eso también en algún momento, pero no es algo en lo que piense demasiado. Para mí dejó de ser gracioso hace mucho tiempo. Tengo que aprender a callarme y cortar un poco.

Es curioso cómo la banda parece tener tenér un público hasta más inconformista que vos, que cuando hacen progresivo piden metal, cuando hacen metal quieren folk, cuando hacen folk reclaman punk. Cada uno parece tomar la bandera de “lo que realmente es Pez”…
¡…Es que Pez no es nada! Esto que decís pasa desde hace mucho. Todos sabemos quejarnos, es lo primero que hacemos. Saca un disco Divididos y ya están: “Ay, no es parecido a lo que hacían antes”, lo mismo con Fito Paez o quien sea. Todos somos críticos del trabajo de otro. Es el alpedismo argentino: criticar lo que los demás hacen. Es lo más fácil y acá se acostumbra mucho.

¿Te molesta?
Joder no me jode, porque es como son las cosas, pero me resulta desagradable que todo el tiempo sea así, especialmente en Internet donde todos tienen una voz y opinar es gratis. De todos modos, no incide en mi trabajo que a alguien le guste o no. Eso es secundario; una reacción posterior, porque el trabajo ya está hecho.

En ese sentido, ¿el disco es una expresión egoísta, donde lo que importa es que vos estés contento con el resultado?
Es que ni siquiera pasa por la felicidad. Es difícil de explicar. Yo hago canciones como el panadero hace pebetes.

Bueno, pero el panadero puede estar muy orgulloso de lo bien que le salen los pebetes.
Sí… a mí me gusta lo que hago, no es algo así nomás. Pero la canción que hice ahora, la que hice ayer o hace diez años es parte de lo mismo. No puedo diferenciar. Yo hago lo que siento hacer. No sé si es mejor cuando tocábamos tal o cual estilo. Yo hago lo que me pinta y siempre trato de ser fiel a eso. Hice lo que tenía ganas y disfruté hacer. Desde ese lado, Pez nunca tuvo un rebusque tan intelectual. Responde más a impulsos y creo que seguimos siendo fieles a seguir esos impulsos y al disfrute.

Por un lado decís que los discos son postales del momento particular de la banda, pero cuando alguien te reclama que vuelvas más a cierto estilo no dudas en decir que, si querés, podés hacer el disco que deje a “todos contentos”. ¿Es tan así? ¿Podés sentarte a planear lo que querés hacer o es justamente ese impulso casi inconsciente el que guía?
Yo pienso que si quiero, puedo intelectualizar eso y hacer un disco a medida de algo. De hecho, es así. Cuando hacemos tal disco, es porque tenemos ganas de que suene de esa manera, entonces vamos y lo hacemos. Son gustos. Es como elegir ponerte una remera y no otra. Además, no lo tengo demasiado pensado. Evidentemente es una movida caprichosa, pero siempre responde a nosotros más que al del supuesto gusto de nuestro supuesto público.

Tenés una política bastante permisiva con la piratería de tus discos. ¿Eso nace de ver la oportunidad de difundir más lo que hacen o es la simple resignación hacia lo inevitable?
Las dos cosas. Es absolutamente inevitable y hacerse mala sangre es al pedo. Hay gente que primero se baja el disco y, si le gusta, lo compra o va a ver a la banda. Las dos cosas son verdades: es inevitable y está bueno. Además, no me quejo cuando voy a cobrar mis derechos y me los pagan. El mundo fue evolucionando hasta esta situación donde podés bajarte la música gratis de Internet, entonces pelear y botonear contra eso me parece una tontería. Es mejor buscar la forma de que esa difusión me permita ir a tocar a más lugares y tener más trabajo, así me gano el mango transpirando arriba del escenario, lo cual me encanta.

¿No sentís que se pierde mucho de la obra al tenerlo en una carpetita insulsa en la computadora? Hay todo un costado más romántico del objeto que muere.
Es cierto. Igual, nosotros seguimos haciendo discos que, como objetos, sean bonitos e interesantes. Nos preocupamos mucho por hacer un buen arte y buen diseño.

En referencia a la ausencia de título del nuevo disco, te escuché decir que “no todo tiene que tener nombre”, pero bueno, ¡este ya es el segundo intitulado que tienen!
Es que realmente no tenía nombre. El único que estaba dando vueltas, pero que al final no pegaba con el disco, era “…y todas esas cosas que nos esclavizan”. Es una frase de la canción “Vamos”, pero no me cerraba.

En las letras del disco hay muchas alusiones al pasado, ya sea con nostalgia pero también con desapego, con ansias y optimismo por el camino que tienen enfrente. ¿Cómo se llevan con su propia historia?
Nos encanta. Estamos contentos de lo que somos. Tenemos ganas de ser Pez todo el tiempo y seguir siendo así. Continuamos con la idea de la banda, con un proyecto que se extiende en el tiempo porque nos gusta y lo necesitamos, no porque sea una “PYMES exitosa” como pusieron en una revista. Nos llevamos bien con nuestro pasado y no nos arrepentimos de ningún disco, estilo ni nada. Estamos conformes con lo que hicimos.

Generalmente, cuando alguien hace referencia a tus dotes como instrumentista y escritor, siempre tendés a minimizarlo. ¿Por qué?
Ciertamente no es falsa modestia. Realmente pienso que un gran guitarrista es Juanjo Domínguez o Luis Salinas. Yo toco lo que puedo.

Pero cada uno es virtuoso a su manera. Yo no lo veo a Salinas haciendo un tema como “La gota”.
Pero si quiere, lo hace y mucho mejor. A lo que voy es que para mí es así. Tampoco me considero un poeta. Yo canto canciones de rock y hago letras para cantar esas canciones de rock. Sólo digo lo que siento, pienso y sueño, pero no me considero un poeta. En serio. No es falsa modestia. Además, si me compro la del “yo proyecto”, voy frito. Siempre faltan cinco para el peso para mí pero bueno, es una forma de ser.

Hace poco estrenaste una canción donde decís “…y así me escondo detrás, delante va esta canción / que es como un escudo que me guarda”. Al mismo tiempo, en “Latigazo”, tema que abre el nuevo disco de Pez escribís “Enterré mi disfraz, nada que ocultar”. ¿Hay un Ariel persona y un Ariel personaje, proyectado en tus letras?
Seguro. Nadie es sincero. Todos tenemos un personaje, hasta cuando estamos en el ascensor con alguien que no conocemos. Las caras, el saludo… eso es un personaje. Es uno, estando incómodo ante la presencia y mirada escrutadora de los demás, especialmente si estás arriba de un escenario con un montón de luces que te apuntan. Vos estás ahí para que todos te miren, entonces siempre vas a buscar un personaje. Es muy difícil olvidarte qué estás haciendo y donde estás. Hay momentos donde lo lográs, estás conectado con otra cosa y es buenísimo.

En el mismo “Latigazo” decís “Acepté todo lo absurdo de esta vida / la belleza en la balanza pudo más / ahora elijo no ser más el dios que hostiga / y mi abrazo es ese puerto donde anclás”. ¿Qué sentís al escuchar un tema como “Malo” o “Y la calma”, por ejemplo, donde hay un espíritu de hastío inconformista y hasta violento?
Puedo escuchar temas de todas las épocas de mi vida y recuerdo qué quería decir cuando cantaba ciertas cosas. Por eso no me desdigo de nada. Igual, yo no sé si en el repertorio de hoy elijo ciertas canciones, pero podría cantar cualquier tema de Pez sin problema. No pienso: “Uy, estaba loco cuando escribí esto”. Sigo sosteniendo estéticamente cada decisión.

¿Entonces no se cumplió la profecía donde decías que al tener un hijo ibas a poder “delegar la furia en alguien más”?
No, ¿y por qué se iba a cumplir una profecía mía? A veces uno piensa: “Bueno, cuanto tenga hijos…” y en realidad es todo lo mismo pero con una persona que va creciendo, te interpela, hace que te preguntes un montón de cosas y te devuelve una gigante. Mientras tanto, vos seguís siendo el mismo pelotudo que hacía las canciones de antes. Todas las cosas que uno proyecta e imagina a futuro son mentira. La vida es algo más. Por suerte aprendí que no se puede preveer cómo son las cosas, qué va a pasar, qué vas a sentir o qué te va a gustar. Te lleva por donde quiere, por donde va el viento. Está bueno tomárselo paso a paso, sostener todos que uno piensa y tratar de disfrutar. Si hacés eso todos los días, la estás llevando bien. Hacer algo a largo plazo es imposible.

Poniéndonos un poco metafísicos, ¿qué le dirías a ese Ariel de 1994 que está arrancando con Pez?
¿Qué le diría? (larga pausa) Que está bueno. Que vale la pena. Es genial hacer lo que te gusta y sentís que tenés que hacer.

Adentrándonos aún más en la metafísica, ¿qué pensás que te diría él a vos hoy?
No sé… “Estás muy gordo, te quedaste pelado” (risas). No tengo idea. Supongo que le gustaría saber que estoy tocando la guitarra y haciendo canciones.

Hace un tiempo habías contado que si te daban a elegir entre llenar un River o saber que ibas a poder seguir tocando a los 60 como Neil Young, vos elegías lo segundo. ¿Sentís que estás camino a cumplirlo?
A ver… ¿cómo decirlo para no parecer un estúpido? Nadie tiene un problema con ser millonario. Si lo sos, está buenísimo. Ahora, hay gente que no podría vivir sin ser millonaria y a eso voy yo. Me considero una persona simple: no necesito demasiadas cosas para ser feliz y llevar la vida que llevo. Entonces, lo que busco es hacer lo que me gusta, disfrutar lo que hago. Si sé que puedo ser músico toda la vida y que con eso le pago la educación, comida y obra social a mi hija, soy feliz. No tengo ningún problema con ser un obrero de la música, porque eso es lo que quiero: ser músico hasta que me muera. Y ahí voy. Al no tener grandes ambiciones, tal vez pueda lograrlo. Para eso estamos trabajando todo el tiempo.

¿Ese es el éxito para vos?
Sí, hacer lo que me gusta: tocar rock. Es lo que quiero hacer desde los nueve años. Hace poco leí un reportaje que me hicieron en 1986 y todas las cosas que digo ahí -que me gustaría tocar, editar mis discos de forma independiente, etc.-, las logré. Cuando vi eso me sentí muy bien. Es hermoso cumplir tus sueños de chico y ser lo que siempre quisiste ser.





*Esta nota salió publicada en el sitio de la revista G7, www.revistaG7.com

La buena vida...

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Covers originales

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A la hora de hablar de bandas tributo, las aguas siempre se dividen. Por un lado los puristas, que imitan hasta el último detalle de sus ídolos en una imposible carrera contra el tiempo y el ADN. En contraposición, los reversionistas, que no temen arrastrarse en el barro y llevar a cuanto clásico encuentren con ellos. Sin miedo a fracasar, prostituyen nuestras amadas canciones a más no poder, arrivando a puertos tan impensados como interesantes.

Esta columna está dedicada a esos valientes hijos de puta.


PARTE 1





PARTE 2


Movimiento perpetuo

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Tras el lanzamiento de su flamante disco, “Simetría de Moebius”, Catupecu Machu sigue haciendo del cambio su constante. Acaban de iniciar la gira de presentación con un próximo show en el Luna Park, antes de llevar su rock a lo largo y ancho del país. En medio de la vorágine, hablamos con Fernando Ruiz Diaz para entender cómo funciona una de las cabezas más hiperactivas de la música.





TEXTO MARTIN SANTORO

Pensando en la naturaleza cíclica y de constante movimiento de la cinta de Moebius, ¿en qué lugar de ese recorrido sentís que está la banda ahora, arrancando la gira de presentación del disco, con una formación que se está afirmando cada vez más?
Me gusta que la cinta no sea orientada. Justamente es la traslación de la idea de darnos cuenta que nosotros siempre estamos sobre la misma vereda, pero sobre una cinta de Moebius que es lo que cambia y gira. Justamente lo que tiene de bueno es no saber donde te encontrás. A mi me gusta sentir siempre que algo está empezando y algo está terminando, que se está moviendo la cosa y estamos en pleno desarrollo. Eso es lo más interesante de todo.

A la hora de preparar un show como la presentación en el Luna Park , ¿lo toman como un paso más o tratan de darle un marco de mayor peso?
Lo que tienen este tipo de shows es que son como el puntapié inicial para lo que después es la gira. Acá arranca toda esta cosa. Somos un grupo que se formó en vivo y en el estudio, creciendo simultáneamente en los dos. Ahora ya pasó esta primera etapa de hacer el disco, al que le dedicamos seis o siete meses, y viene el momento de interpretar esos temas en vivo. Interpretar en todo sentido. Es un momento alucinante ensayar, darle vida a esas canciones e incluso cambiar arreglos porque el vivo te pide otra cosa. Para nosotros siempre hay una cuestión cuasi litúrgica, religiosa y emotiva a la hora de tocar. Nunca lo tomamos como un show más porque el último show que tenés es el que tenés. No existe el que hiciste ni el que vas a hacer. Por eso le ponemos todo.
Vos hablabas del ying y yang del sonido Catupecu donde, por un lado, tenés algo demoledor en vivo y, al mismo tiempo, algo súper pulido y casi experimental en el estudio. ¿Cómo hacés para que uno influya al otro, para que cuando estás grabando tengas un poco de esa fuerza del vivo y cuando estás en vivo tengas un poco de ese refinamiento que lográs en el estudio?
Nos apasionan tanto las dos cosas que, aunque sea un tema súper orquestal con miles de arreglos, como también tenemos una gran formación en vivo, siempre tienen algo que apunta al show. Sí se cambian un montón de cosas y sobre el escenario manejamos muchas sutilezas. Los discos son muy dispares pero, a la vez, siempre suenan a Catupecu. En el show todo suena como una unidad. El hilo conductor es la nada misma que tiene en el fondo la banda: la personalidad… esa “nada” amalgama todo.

Cuando componés, ¿ya estás pensando cómo va a ser en vivo o qué sonidos le vas a poner en el estudio?
Cada disco y cada canción son muy particulares. Hay algunas que compuse en un estado de resaca terrible, otras que soñé… Es bastante intuitivo todo. Lo vamos llevando con las ganas del momento. Nosotros jugamos mucho en el estudio, es como un integrante más: Alien, el octavo pasajero.

¿Sentís que haber grabado este disco en el campo moldeó algo en el sonido o la geografía es meramente circunstancial?
Nosotros siempre somos permeables a las cosas que nos pasan. Hay mucha gente que escucha el disco y nos comenta que siente que estuvimos juntos en un lugar aislado del mundo. Esa distancia nos hizo laburar muchísimo más, porque le dábamos desde la primera hora hasta que se terminaba el día. Creo que en los últimos discos salió mucho a flote el hecho de que yo empecé a tocar la guitarra por el folclore y no por el rock. Así emerge inevitablemente ese sonido argentino que tengo, que también pasa con el tango. Las guitarras acústicas están tan presentes porque yo quiero y los temas lo piden, pero si grabábamos en la ciudad hubiese sido lo mismo.
Últimamente estás mucho más multi instrumentista, especialmente afianzado en el bajo. ¿A qué se debe?
Después de unas vacaciones que nos tomamos, yo volví de Brasil loco con el bajo, viendo el groove de los músicos de allá. Se lo comenté a Gaby y me ayudó a comprar un bajo tremendo. Esto fue mese antes del accidente. Después, fue continuar un poco con eso. Mucho de lo que toco tiene una gran herencia de lo que hacía mi hermano. Supongo que también por eso a veces se me ocurren esas ideas locas, como por ejemplo tener un tema a tres bajos (risas).

Líricamente, el disco proyecta un clima de laberinto, de intentar escapar del encierro… ¿Grabarlo fue algo catártico o lo ves más como una postal?
No me gusta la idea de la catarsis, donde el artista se saca la mierda pero te la tira a vos. Me pasó por ejemplo viendo “Réquiem por un sueño”, que es una gran película pero te caga por completo el día. No me gusta en ese sentido. Es inevitable que la obra termine siendo autorreferencial y acepto que el disco tiene un poco de esa oscuridad que siempre presenta la banda, pero que a su vez es un disco muy positivo porque todas las cosas tienen como una resolución. No creo que tenga que usar un disco para exorcizar demonios. Tampoco tuvo que pasar lo de Gaby porque demonios ya tengo unos cuantos. Catupecu Machu nunca fue algo liviano. Esta vida que llevamos es la montaña rusa emocional.

Hay muchos artistas que, cuando está todo bien y en orden en sus vidas, les cuesta más producir una obra de peso, mientras que en épocas de tormenta sacan su trabajo más interesante. Pienso en Pollock y tipos así… ¿Vos cómo lo vivís?
Nosotros siempre vivimos sensaciones muy fuertes, en todos los sentidos. Para mí salen cosas de los momentos más iluminados y divinos, como también de los más oscuros. Nosotros nunca separamos la vida de la “profesión”. Es como una película donde nunca se apaga la cámara. Eso hace que estés rodeado de situaciones fuertísimas. Todo me inspira porque para nosotros todo es significativo. Ya lo dice la letra de “Abstracto”: “sintiendo que nada es de más, aunque duela”.

¿Estás contento con el disco?
¡Totalmente! Lo que me pasa es que ahora lo estoy escuchando con cierta distancia, como un oyente más y realmente me pone muy contento. Un día llegué a la sala muy emocionado y les dije: “Chicos, la verdad que los quiero felicitar porque hicimos un disco de la puta madre… ¡Estamos hechos mierda!”.