Pez en La Trastienda

3 comentarios
(A pedido del gran JLL voy a elaborar un poco más. Aclaro que esto es apenas una postal, un ápice de las millones de ideas y sentimientos brotan sin reparo de mi cabeza cada vez que estoy ahí...)



Ayer Pez presentó oficialmente su nuevo disco, El porvenir, con un show incandescente, bañado en estridencia rockera, testosterona adolescente y virtuosismo sapiencial.

Por suerte el flamante disco es un vehículo excelente para este tipo de descarga. Así como en el superlativo tercer disco (Pez, de 1998), en apenas media hora sin pausa alguna, el álbum logra combinar la poesía existencialista y clásicas aguafuertes porteñas con la vorágine punk y la rispidez del mejor rock pesado, todo esto envuelto en un subyacente espíritu mod en un viaje de anfetas.

Por (breves) momentos, el disco suena “apurado”, con temas a medio cocinar que, si bien sientan perfectamente en grupo, individualmente tal vez no logran el mismo efecto… todo esto para los altísimos estándares de Pez, por supuesto. Ciertamente siembra la duda de qué sería de El porvenir de haber tenido un tiempo de mayor decantación y/o elaboración. Si bien es un trabajo que, a nivel compositivo, tal vez no tiene la dimensión ni la complejidad de sus antecesores, cumple al pie de la letra la que parece ser su premisa: la canción es un vehículo para la emoción y no al revés. Acá reinan el choque, el impacto y el instante fugaz… ideas que se potencian exponencialmente en vivo.

En La Trastienda, al igual que en El Teatro de La Plata la semana pasada (que fue un concierto aún mejor que este) y en los últimos shows en general, la lista de temas apuntó a la colisión frontal con un repertorio más muscular que se nutrió de temas gloriosamente rockeros y urgentes como “La gota”, “Y la calma”, “Tapas de discos y posters de la Pelo”, “Ultimo acto” y demás, prácticamente anulando respiro alguno y maximizando la efervescencia poguera del público. Ciertamente, una de las postales más especiales de la noche se dio en la cumbre ex – mod, fruto del encuentro de Minimal con Sergio Rotman para dar rutilantes versiones de “El desengaño” y el clásico de Cienfuegos, “La eternidad”, junto a Mimi Maura. Para piantar un lagrimón.

¿Qué decir de una banda que show a show demuestra ser la experiencia musical más trascendente del rock hoy (y desde hace quince años ya)? ¿Qué agregar a una carrera intachable de autogestión, libertad, talento y coherencia? Mientras busco palabras para expresar lo inexpresable, resuena en mi cabeza:

“Dame una oportunidad y te voy a demostrar
No en vano estoy parado acá yo hoy
Me empuja la pasión, no lo puedo ocultar
Mi mente obedece a mi corazón
Tratando hoy de ser yo
Si alguien me quiere callar, que me venga a buscar
Y me dé al menos una razón
Por la cual yo debería parecerme a los demás
Y cantar canciones sin corazón
Tratando hoy de ser yo”
(Tratando)



...



Esta es la lista "oficial", aunque en rigor de verdad, desordenaron todo y agregaron varios temas. Fue algo así:

1. Porvenir0 2. Roma 3. Rompo tu piel de asno 4. Creo que amamos el dolor 5. La gota 6. Quiebran 7. Eyéctenlo 8. Y la calma 9. Gala 10. El hombre al que nada perturba 11. Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar 12. Conciencia 13. Saben 14. Alada 15. Despierto a un tiempo de luz 16. Acelera sus latidos corriendo a ningun lado como un toro asustado 17. Desconectado 18. Sueño 19. Tapas de discos y posters de la pelo 20. El desengaño (con Sergio Rotman) 21. La eternidad (con Rotman y Mimi Maura) 22. Volveran 23. Spuistraat 249 24. Último acto 25. El cantor 26. Rompe el alba 27. Lo que se ve no es lo real 28. Maldición 29. Fuerza 30. Introducción declaración adivinanza 31. El porro es del metal


...


A continuación les iba a dejar unos videos que grabé desde la primera fila, pero la tecnología me jugó una pésima pasada. Hace un rato me dí cuenta que palmó la memory card con toda la data que tenía; o sea que la filmación entera del show se fue al carajo. No sé si matarme o pegarle un tiro a la cámara.

Por lo pronto adjunto unas excelentes fotos de María Baümler.






































...
.

Pez en La Plata

2 comentarios
Acá la lista de temas, unas fotos y videos del TRE-MEN-DO show de ayer, de parte de su amigo blogger, para el deleite. Pueden hacer click sobre las imágenes para ampliarlas. No se afanen nada sin la acreditación correspondiente.



...











...

Un par de videos para disfrutar: Una tremenda versión de Despierto a un tiempo de luz y un hermoso descontrol de la mano de El cantor, con cantante y agitador invitado.

...

TNT

0 comentarios
Para muchos, la esencia de la música de Buenos Aires habita, cual fantasma, los escabrosos pasillos de TNT. Ya sea folklore, tango o rock, este estudio dio un sello característico, no solo al sonido, sino al sentimiento de las melodías que allí quedaron plasmadas.


Hoy, tras un remate a espaldas las bandas que aún ensayan y graban allí, el estudio cuenta los minutos y espera el álgido momento en el que dejará de ser uno de los máximos bastiones de nuestra cultura para convertirse en grises oficinas o Dios sabe qué. Si bien merece ser canonizado como “patrimonio cultural de la Ciudad”, lo único que resuena en sus paredes es la incertidumbre.

PEZ en Niceto

1 comentarios
Por ahora, la lista...




Perlas antes del desayuno

2 comentarios
Un hombre se sentó en una estación del metro en Washington y comenzó a tocar el violín, en una fría mañana de enero. Por los siguientes 45 minutos, interpretó seis obras de Bach. Durante el mismo tiempo, se calcula que pasaron por esa estación algo más de mil personas, casi todas camino a sus trabajos.

Transcurrieron tres minutos hasta que alguien se detuvo ante el músico. Un hombre de mediana edad alteró por un segundo su paso y advirtió que había una persona tocando música. Un minuto más tarde, el violinista recibió su primera donación: una mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha. Algunos minutos más tarde, alguien se apoyó contra la pared a escuchar, pero enseguida miró su reloj y retomó su camino.

Quien más atención prestó fue un niño de 3 años. Su madre tiraba del brazo, apurada, pero el niño se plantó ante el músico. Cuando su madre logró arrancarlo del lugar, el nene continuó volteando su cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros chicos. Todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha.

En los tres cuartos de hora que el músico tocó, sólo siete personas se detuvieron y otras veinte dieron dinero, sin interrumpir su camino. El violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar y se hizo silencio, nadie pareció advertirlo. No hubo aplausos, ni reconocimientos.

Nadie lo sabía, pero ese violinista era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo, tocando las obras más complejas que se escribieron alguna vez, en un violín tasado en 3.5 millones de dólares. Dos días antes de su actuación en el metro, Bell colmó un teatro en Boston, con localidades que promediaban los 100 dólares.

Esta es una historia real. La actuación de Joshua Bell de incógnito en el metro fue organizada por el diario The Washington Post como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de las personas. La consigna era: en un ambiente banal y a una hora inconveniente, ¿percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?

Una de las conclusiones de esta experiencia, podría ser la siguiente: Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar a uno de los mejores músicos interpretar la mejor música escrita, ¿qué otras cosas nos estaremos perdiendo?


Un viaje de ida

4 comentarios
El 3 de febrero marca en los calendarios el nuevo aniversario de una tragedia ocurrida en 1959, de suma significancia para el curso de la historia de la música popular. Tras un show en el Surf Ballroom de Clear Lake, Iowa, los íconos rockeros Buddy Holly, Ritchie Valens y J. P. "The Big Bopper" Richardson tomaron un avión que los llevaría a la próxima parada del tour. Era pleno invierno. El frío, el viento y la mala fortuna se encargaron que aquella pequeña avioneta, una Beechcraft Bonanza, nunca llegara a destino. La nave voló apenas unos minutos antes de caer cerca de Mason City, Iowa, sellando el destino de estos músicos, el piloto, y toda una generación que quedó en vilo. A partir de allí, la leyenda.

Vale recordar que buena parte del status mítico y el folklore que rodea al hecho reside en la obra de Don McLean, quien, en 1971, tomó aquella efeméride, la combinó con su honesta memoria emocional y compuso así la canción "American Pie", como homenaje a aquel triunvirato de músicos y a la nostalgia de esos años de juventud.

Con las décadas, “El día que la música murió”, como fue bautizada la fecha, suele ser rememorado con el interés de un historiador en vez de la pasión de un músico. Así, es considerada más una postal de antaño, un episodio casi enciclopédico del rock, que un punto de inflexión o “el principio del final” de una era, si se quiere.

Para comprender un poco la naturaleza (tal vez exagerada) de aquel rótulo funerario, vale recordar el estado de la música joven en aquel entonces, donde el rock de los 50s estaba viviendo una situación punta. La presencia de los referentes blancos iba mermando: Elvis cumplía servicio con el ejército mientras Jerry Lee Lewis resistía las embestidas legales y el revés de la opinión pública a raíz del matrimonio con su prima menor de edad. En cuanto a los músicos de color, a Little Richard le había saltado la térmica y se embarcó en un viaje mesiánico que lo acercó al gospel y a los viejos spirituals, alejándolo completamente del rock. Chuck Berry, por su parte, era una figurita de alta rotación en la cárcel por sus relaciones escandalosas con prostitutas y chicas menores de edad.

Teniendo en cuenta este marco de referencia, no cuesta entender por qué la muerte trágica y repentina de estas tres figuras derrumbó buena parte de la esperanza que los jóvenes de aquél entonces habían puesto en el rock. Si bien aquella tragedia no significó para nosotros “la muerte de la música”, la historia, de alguna u otra manera, ha logrado que melómanos de distintas generaciones e inclinaciones musicales, puedan empatizar con este hecho a partir de situaciones análogas.

Los ejemplos sobran, tanto de la fatalidad del destino ingobernable e impredecible como de aquellas vidas que están ceñados por la máxima de “vivir rápido y dejar un cadáver bonito”. Grandes músicos han muerto a raíz de accidentes similares y es la idea de este post, con un poquito de morbo y otro tanto de respeto, recordarlos.



Esas motos que van a mil

¿Qué tan presente están figuras como la del Marlon Brando de The wild one, en el inconsciente de los rockeros? Es posible que aquellos personajes icónicos trazaran un periplo utópico con aterrizaje forzoso garantizado. Puede ser... Aunque tampoco descarto los excesos y la clásica estupidez humana como disparadores.

“En la moto, vos sos la carrocería”, reza el dicho popular. Nadie como los Allman Brothers para testificar sobre la vida y la muerte en dos ruedas. Duane Allman, eximio guitarrista, fundador, conductor y alma máter de la banda no vivió para ver terminado el mejor disco de estudio de la banda: Eat a peach. El 29 de octubre de 1971, aprovechando una pausa en el cronograma de grabación, Allman salió a andar con su Harley por Macon, Georgia. Tras una mala maniobra para esquivar un camión en la ruta, volcó. Múltiples fracturas y el colapso de varios órganos internos causan su muerte casi inmediata. En menos de un mes cumpliría 25 años.

Como si esto fuera poco para los Allman Brothers, el bajista Berry Oakley III, sufre el mismo accidente fatal, una semana después del primer aniversario de la muerte de Duane. Lo que es peor: el segundo choque ocurrió apenas a tres cuadras del primero.


Berry Oakley y Duane Allman


Berry Oakley y Duane Allman

En el ámbito local es menester recordar al genial Norberto Napolitano y su alter ego, Pappo, que dejaron su vida en la ruta 5 en la madrugada del 25 de febrero del 2005. Aparentemente no viajaba en un estado de impecable lucidez. Su Harley accidentalmente tocó la moto de su hijo Luciano, perdió el control y cayó al pavimento, falleciendo en el acto.



Amanece en la ruta

Es curioso notar que ninguno de los siguientes rockeros estaba al volante cuando sucedió el accidente…

Por un lado Marc Bolan, dios dorado del rock (y el buen glam) quien, el 16 de septiembre de 1977, apenas dos semanas antes de su trigésimo cumpleaños, viajaba como acompañante en un Mini conducido por Gloria Jones, madre de su hijo Rolan Bolan. Tras perder el control en una ruta al sudoeste de Londres, el auto chocó frontalmente contra un árbol, causando la muerte del rockero y severas lesiones en la conductora. Ninguno de los dos llevaba el cinturón de seguridad puesto. Con el tiempo, el lugar del accidente se convirtió en una especie de santuario para todos sus devotos.



Busto de Marc Bolan frente al árbol

El otro caso que destaco es el de Cliff Burton, un extraordinario bajista que formó parte de la primera (y más emocionante) etapa de Metallica. Después de Kill ‘em all (’83) y Ride the lightning (’84), el éxito masivo y la completa adoración de las críticas llegó de la mano de su tercer disco, Master of puppets (’86). Durante la porción escandinava de su gira de presentación, la Damage Inc. Tour, la banda viajaba en micro por Suecia. Al parecer las cuchetas eran bastante incómodas, por lo que el guitarrista Kirk Hammett y Burton sacaron cartas a ver quién se quedaba con la mejor cama. En la noche del 27 de septiembre de 1986, el bajista ganó con un as de espadas. Esa misma madrugada, mientras los músicos dormían, el colectivo perdió el control, salió de la ruta y volcó en un pastizal, en plena zona rural al sur de Suecia. Cliff Burton había salido despedido por una de las ventanas del micro, que luego cayó sobre su cuerpo, matándolo en el acto.

Mas tarde el conductor declaró que el accidente había sido a causa de un gran bache de hielo en la ruta. La policía nunca encontró rastros de aquella helada en el camino. James Hetfield, cantante y guitarrista de la banda, sostuvo que había olido el aliento a alcohol del conductor en ese momento, por lo que adjudicó el accidente a un estado de ebriedad. Detectives de la zona alegaron que las marcas de los neumáticos del colectivo en el pavimento tenían el mismo patrón que aquellos accidentes causados por conductores que se quedan dormidos al volante. El chofer alegó que había descansado tal como la ley lo demanda, lo cual fue confirmado por otro de los choferes de la gira. Finalmente el caso fue desestimado y no se levantó ningún cargo en su contra.



No voy en tren...

No hay duda alguna que el aporte de Stevie Ray Vaughan al mundo del blues fue clave. Si bien es un género que trasciende tiempo y espacio, los 80s fueron una época dura para sus amantes. Con un talento rutilante, este hijo bastardo de Jimi Hendrix y Albert King le dio una vitalidad popular al blues, con sonidos pulidos, un talento innegable y una frescura que combinaba la técnica del pasado con las ventajas sonoras de hoy. Por supuesto que siempre abrazó sus influencias, como hizo Clapton 20 años atrás, funcionando así como un puente, un canal conductor para las nuevas generaciones hacia la rica historia de aquella música y sus héroes.

Los shows junto a Eric Clapton y Robert Cray del 25 y 26 de agosto de 1990 en el Alpine Valley Music Theatre marcaron el cierre del tramo veraniego de presentación del disco In step (’89). Después del show Vaughan planeaba volver a Chicago en auto junto a su hermano Jimmy, pero para evitar el tráfico consiguió lugar en uno de los helicópteros que había alquilado Clapton para su equipo. Aparentemente el piloto, un tal Jeffrey Brown, no estaba acostumbrado a volar en esa zona de montaña y niebla. El helicóptero despegó pero nunca logró la altura suficiente como para pasar las montañas. Apenas unos minutos después de partir colisionaron contra la ladera. Vaughan sufrió una severa herida en la aorta y murió desangrado. Los otros pilotos no vieron el accidente a causa de la niebla, por lo que recién se dieron cuenta que algo andaba mal horas más tarde cuando aquel helicóptero no llegó a Chicago. A las 7 de la mañana Clapton y Jimmy Vaughan fueron citados para identificar el cadáver.


Stevie Ray Vaughan

El caso de Otis Redding y su banda The Bar-Kays guarda una gran similitud con aquel accidente de Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper. El cantante estaba en la cima de su popularidad. Había deslumbrado a todos en el Monterrey Pop Festival, coronándose como el rey del soul y el R&B. Tras una presentación televisiva en Cleveland, Ohio, el cantante, su banda y su manager tomaron una avioneta Beechcraft 18. Se desconoce con precisión cuál fue la causa, pero en aquel 10 de diciembre de 1967 la nave cayó al gélido lago Monona en Madison, Wisconsin. El cuerpo de Redding fue recuperado al día siguiente cuando dragaron el lago. Su gran legado póstumo fue la conmovedora e intimista “Sittin’ on the dock of the bay”, grabada apenas unos días antes de su muerte. Incluso, aquel fantástico silbido que corona la melodía en realidad iba a ser reemplazado por parte de la letra que aún no había escrito. La canción fue editada en enero del 68 y se convirtió en único simple de su carrera en llegar al nº1 en la lista Billboard.

Tal vez el accidente aéreo más emblemático del rock es aquel que se llevó la vida de los miembros de Lynyrd Skynyrd, embajadores indiscutidos del rock sureño de los 70s. El 20 de octubre de 1977, apenas tres días después de editar su disco Street survivors, alquilaron una avioneta Convair 270 para ir de Greenville, Carolina del sur, a Baton Rouge, Louisiana. En pleno vuelo, uno de los motores de la nave comienza a fallar, por lo que se ven forzados a realizar un aterrizaje de emergencia. Si bien los pilotos intentaron descender en el aeropuerto de Pike County, Mississippi, terminaron estrellándose en un bosque al noroeste de Gillsburg, Mississippi. A raíz de esto, el cantante y líder Ronnie Van Zant, el guitarrista Steve Gaines, su hermana corista Cassie Gaines, el road manager y el piloto y copiloto, murieron.

El resto sobrevivió, pero no había mucho que festejar. El guitarrista Allen Collins se quebró dos vértebras de su cuello y al bajista Leon Wilkeson casi tienen que amputarle los brazos por las serias lesiones que mantenía, como un pulmón perforado y la pérdida total de sus dientes. El otro guitarrista (si, tenían tres violas), Gary Rossington, se quebró los dos brazos, su pierna derecha y la pélvis. La corista Leslie Hawkins se quebró el cuello en tres partes y el tecladista Billy Powell perdió su nariz casi por completo a causa de laceraciones severas. Ciertamente fue el final de una era para la agrupación, que a partir de ese entonces tomaría el turbio camino de convertirse en una banda tributo de sí mismos.



Lynyrd Skynyrd - Street Survivors

Es sumamente curioso ver la tapa de aquel último disco de la banda: Street survivors. En ella, los músicos aparecía rodeados por fuego y destrozos, como una especie de ironía mórbida del destino. Luego del accidente la discográfica optó por una imagen más discreta, como la de los miembros de la banda sobre un fondo negro. Hoy en día, con el paso del tiempo y las reediciones en CD, no sólo podemos disfrutar de la música sino de aquella postal que rotuló la última obra (sin contar las reediciones ladris y demás) de una banda fundamental del rock estadounidense.

JamBands: La melodía eterna

7 comentarios
Ah las zapadas... Definitivamente, uno de los momentos más emocionantes en la música se da cuando la capacidad y la emoción del momento se conjugan, resultando en una melodía que parece levitar, romper las fronteras de "la canción" y explotar todo su potencial sonoro y emocional. Cada pasaje es único de ese momento y lugar porque responde a emociones, sensaciones e ideas que nacen como un destello y vuelan como una estrella fugaz.

Con grandes cuotas de talento, creatividad y audacia, algunas bandas han logrado trascender en el tiempo, haciendo de la improvisación un estandarte, del cambio la única constante, manteniendo a la canción y al oyente en un viaje constante. A esas bandas les dedico este post.

Los audios corresponden a una columna musical dedicada al movimiento de las JamBands, que hice el 14.01.2009 en el programa "Otra vuelta de tuerca más", de Radio Palermo. Espero que la disfruten.


PARTE 1




PARTE 2


Márgenes

0 comentarios
¿Sos lo que haces? ¿Lo que hacés es lo que sos? La obligación siempre es la misma: te empujan a pensar que el trabajo lo es todo. Que si no es trabajo, tu vida es nada. Lo peor es que lo crees, que te movés como si tal idiotez fuera cierta y vos, en lugar de ser un ser humano, fueras un robot, una maquinita tayloriana en una fábrica de chorizos de tinta. Vivir en el trabajo, comer en el trabajo, respirar en el trabajo, dormir... en el trabajo. Tu vida, así planteada, termina siendo lo que está en los bordes: aquella parte de la hoja de carpeta donde terminan sepultadas las anotaciones más importantes, aquellas a las que acudís un minuto antes de dar el final.


*Este texto pertenece a Hijo del hijo, un blog genial.

Medicina espiritual

0 comentarios


"La risa es el lenguaje del alma"
Pablo Neruda


¿Cómo saber dónde está la risa, agazapada y expectante, esperando la cosquilla más sutil para saltar al vacío?

¿Cómo lograr que un mínimo gesto impacte hasta la última butaca?

¿Cómo cristalizar en la voz y sus matices la máxima herramienta?

¿Cómo darse cuenta que la verdadera comedia reside también en los detalles, en las tonterías, en ese segundo de pausa que hace el comediante para no tentarse y desbaratar toda la rutina, sosteniendo el climax y generando, aunque quiera o no, cómplices en el arte de mitigar la carcajada?

Richard Pryor fluía como el mejor jazz. Su comedia podía ser impresionista, física, mímica, sociológica, callejera, poética y guarra, pero siempre honesta. Las rutinas eran como sesiones de terapia grupal donde revestía miserias con el barniz tornasolado de la risa. Lo que opaca la vida, brilla en el escenario.

¿Cómo cruzar ese puente?

No sé.

La buena comedia es arte. La risa es música. De eso estoy seguro.


Un animal de sangre y de sal

1 comentarios

Pez
cumplió 15 años y lo festejó en La Trastienda. Pronto, algo en frío. Por ahora, la emoción cruda.




Sonido incandescente. Canciones estoicas, heroicas, utópicas que golpean en el pecho, penetran la corteza y reverberan en el cráneo. Vértigo. Fuerza. No hay forma de amortiguar la explosión. Tampoco ganas. He ahí la poesía. Contagio inminente e inmediato. Acordes que erizan hasta al más anónimo rincón de la nuca. El ritmo y la fuerza apelan al inconsciente, a lo primal, a la tierra... la poesía a lo conciente, a lo eterno, a lo etéreo... Luego, una tremenda carga de adrenalina se convierte en nuestra orgullosa coraza y motor a la hora de salir del capullo embrionario y volver a hacerle frente a la ciudad y a la vida, que marca el pulso con momentos así. Frágilinvencible.


...

Haz de luz

0 comentarios
-Luis, ¿tenés esperanza o querés tener esperanza?
-Tengo esperanza porque en ella están las únicas notas que interceptan el silencio. Cada nota es una esperanza, mientras que el silencio no posee ninguna esperanza más que la de ser una nota.




Francamente no me gusta redireccionar mucho la lectura del blog pero siento casi como un imperativo recomendar ESTA entrevista que dio Luis Alberto Spinetta al suplemento AdnCultura de La Nación el pasado domingo. Imperdible...


La usina de ritmos

0 comentarios
La Bomba de tiempo dejó de ser solamente una orquesta de diecisiete percusionistas para convertirse en una de las alternativas más interesantes del circuito porteño. Aquí, el fenómeno musical, social y conceptual.


No sucede de inmediato. Necesita de un tiempo de maduración física y emocional. El ritmo lentamente va librando las ataduras de la mente mientras que el cuerpo opera como antena receptora de los candentes ritmos de tambores que suenan aquí y ahora, pero que hacen eco en lo más básico de su ser. Así comienza el baile. Al abrir los ojos, postales de aires dulces, hombres en zancos, estudiantes, oficinistas, familias, turistas, malabaristas y artesanos completan el panorama con colores vivos. Dos mil personas se congregan en Ciudad Cultural Konex para disfrutar de un oasis en medio del concreto del Abasto y darle una nueva identidad al día que marca el calendario. Nada mal para un lunes a la noche.


Instrucciones para armar una bomba

La cabeza de Santiago Vázquez, fundador y líder de La bomba de tiempo, parece funcionar como un dínamo inquieto, donde las ideas se atropellan entre sí, no por torpeza sino por cantidad y grosor. El génesis de la agrupación es evidencia suficiente: el proyecto nació como una idea incluso antes de convocar al grupo. Su banda anterior, El colectivo eterofónico, contaba con más de diez integrantes con instrumentos de viento, cuerdas y percusión, y Vázquez ya estaba implementando un sistema de dirección en base a señas para componer en tiempo real. Esa experiencia fue la semilla que lo impulsó a visualizar una idea similar pero aplicada a un formato puramente percusivo, experimentando más sobre el ritmo, el groove y la invitación al baile como herramienta de comunión popular.

Sobre esta premisa comenzó a buscar los músicos indicados, que debían contar con gran entrenamiento técnico y ser hábiles en improvisación, respondiendo a conceptos complejos con naturalidad y fluidez porque, como define Vázquez, “para que sea escuchado con facilidad tiene que ser tocado con facilidad”. Lentamente fue armado una suerte de seleccionado con lo mejor del ambiente percusivo de Capital, Gran Buenos Aires y La Plata.

Para el director, ensamblar un grupo de estas características implica un gran esfuerzo, tanto musical como humano: “Este tipo de improvisación requiere de cierta humildad, porque somos muchos y cada uno toca mucho menos de lo que está acostumbrado a tocar por fuera de la banda. Esto demanda de cada uno una entrega muy importante, como una resignación del ego y al brillo personal”. La banda cuenta con diecisiete músicos, cada uno con sus raíces y bagaje musical, pero se ha realizado un gran trabajo para evitar la música de género, como puede ser la samba y el candombe. Porque La bomba busca un lenguaje musical particular, genuino, que no sea el reflejo de otra cosa, sino algo propio, de ese momento y lugar. Cada estilo es un nutriente, pero no el protagonista. No se trata de un muestrario de ritmos sino de una fusión.

En este sentido, tener un músico invitado idóneo cada semana no sólo aporta un valor agregado, sino que empuja las fronteras musicales y desafía a lograr armonía en un terreno que es propio y ajeno para todos. “Tener invitados es como un homenaje. En general son músicos que tienen estilos distintos, pero que cada uno viene aportando su arte a la cultura desde hace tiempo. Es gente que nos alegramos que exista. Más allá de que sean de nuestro agrado por una cuestión de estilos, son tipos que aportaron mucho y que siento que hay que mostrarle al público”, explica Vázquez. Así, compartieron escenario con figuras como el Chango Spasiuk, Liliana Herrero, Javier Malosetti, Lito Vitale y Hugo Fattoruso.

La idea de dirigir el ensamble con señas gesticulares fue inspirada por el conductor y compositor estadounidense Lawrence “Butch” Morris, quien implementó un sistema de este tipo en bandas y orquestas dentro del campo del jazz y la música experimental. Andrés Inchausti, uno de los músicos y directores que se sumaron a La bomba de tiempo, cuenta que “el lenguaje como tal no es complejo, es como aprender señales de tránsito. Si uno estudia, a la semana ya las conoce todas y después, con la práctica, se fijan. Lo verdaderamente difícil es hacer música con eso”.

Trabajar con polirrítmias y cambios de compases complejos no suele ser el camino hacia la masividad bajo los cánones tradicionales, pero Vázquez lo ve de otra manera: “Estas ideas son algo sofisticadas pero que no tienen que quedar en un lugar de elite. Siempre luché contra esa idea prefabricada de que la gente no puede consumir música que tenga cierta complejidad. Simplemente tiene que cumplir también con la necesidad de la persona que escucha”.




Genealogía del ritmo

En el caso de La Bomba, la necesidad que viene a cubrir es muy clara para los músicos. “Empecé a sentir que en Buenos Aires faltaba un grupo que, a nivel cultural y social, cubriera el rol que tienen las escolas do samba en Brasil o las murgas en Uruguay. En varios países ocurre este fenómeno donde hay grupos para bailar, pero que son para la gente, que no son un espectáculo”, confiesa Santiago Vázquez. Aquí la trinidad elemental: ritmo, baile, comunión.

Decir que el público de La bomba de tiempo es “particular” es una gran subestimación. Se trata más bien de un calidoscopio social, cultural y generacional que gana significado bajo el haz de luz de la percusión, y aún así esta definición resulta incompleta. Abajo del escenario conviven estudiantes, oficinistas, familias, músicos, curiosos, hippies, artesanos, performers y una cantidad de turistas que permitiría abrir sin problema una sucursal de las Naciones Unidas. La misma caracterización del público elude por completo a los miembros de la banda que, al mismo tiempo, buscan exactamente eso. “Yo sentía que faltaba una música de percusión que pueda ser de todos, no necesariamente de alguna clase social, de un estilo, de una tribu o de cierta zona de la ciudad. El ritmo no tiene clase social”, sostiene Santiago Vázquez. Alejandro Oliva, miembro de la banda, completa contando que “hay gente que va a escuchar la música, gente interesada en el sistema de señas, gente que simplemente va a bailar, gente que va a hacer sus performances… es como un universo multidireccional”.

El poder del boca a boca es una de las principales vías a la hora de legitimar la propuesta, promocionándola exponencialmente. Evidencia de esto es ver cómo pasaron de tocar acústicamente para cincuenta personas a necesitar sonido de recital para que cada tambor resuene con fuerza en los cuerpos de un público de más de dos mil que dicen presente lunes a lunes. En medio de todo esto, surge la gran tarea de dar cobijo a esta masa efervescente, empatizando al máximo con sus necesidades y deseos. Aquí entra en escena otro pilar del fenómeno: Ciudad Cultural Konex.

El productor Martín Lavini, ve cómo La bomba de tiempo fue creciendo junto predio cultural que oficia de hogar para la propuesta, donde pasaron de presentar espectáculos teatrales con seiscientas personas como máximo a tener que contener a más del triple cada lunes. “Obviamente tuvimos que ampliar el personal, generar estrategias de trabajo en cuanto al montaje, resoluciones frente a factores climáticos, como para poder adaptar todo a cualquier situación”, enumera. Las reglas del predio son atípicamente laxas para los estándares actuales de eventos masivos, pero funcionan muy bien. Se respeta el espacio y la privacidad de la gente, mientras esta no choque con el disfrute y la seguridad de los demás.

Afuera del predio cuentan con seguridad para ordenar la multitudinaria entrada y realizar los cacheos de seguridad. Una vez adentro, la gente puede acudir a la barra para comprar cerveza, que es vendida en vasos de plástico, y se puede fumar en el amplio patio, aunque no en lugares cerrados como las salas. Para mantener este orden, cuentan con personal de seguridad y gente de civil como referentes. Lavini explica: “Al principio, cuando empezás a usar más personal de seguridad, la persona que viene a relajarse siente una tensión, que después desaparece cuando entiende que esa figura no está para ir al choque sino para cuidar. Lo central es ver cómo estar sin hostigar y cómo hacerles entender que es por su bien. Por suerte la gente lo terminó comprendiendo”. Todos los miembros del staff están entrenados para operar en caso de cualquier tipo de siniestro, y “el público de La bomba es muy tranquilo para ser la cantidad que es. Eso mismo en un recital de rock genera un caos importante”.

Inevitablemente, Ciudad Cultural Konex es parte del fenómeno, por presencia y por asociación. Por un lado, su estética de fábrica abandonada traída de vuelta a la vida da una imagen cruda y una sensación de inmediatez total. Aquí el lugar es parte de la puesta, con una imagen congruente con la propuesta. Asimismo, se ha vuelto el centro de toda una escena, enlazando cada módulo artístico con sutileza, como afirma Lavini: “Se generó una movida cultural que es como una telaraña. Es un circuito que si se saca a La Bomba del Konex se rompe toda esa cuestión de tribu”.




Contagiándose de la energía del otro

Por su naturaleza, La Bomba de tiempo reafirma aquella doctrina de Heráclito que asegura que el hombre no se baña dos veces en el mismo río, aún cuando, en este caso, ya se hizo mar. Es por eso que cada semana se repite el ciclo de un público que va a ver algo que conoce, pero que a la vez siempre muta, evoluciona. La única constante es el cambio. A partir de esto es imposible realizar cualquier tipo de analogía con estilos de música como el rock, donde pueden repetirse temas de show a show. Ciertamente, este es uno de los máximos focos de atracción.

El fenómeno se completa con su público. Más allá de una necesidad económica para sostener el proyecto, hay hasta una cuestión artística que impulsa esa comunión y combustión. Alejandro Oliva cuenta que “todo el flujo energético que se da, sin la gente no tiene existencia alguna”. Santiago Vázquez remarca que la masividad era una meta desde antes de plasmar sus ideas a la práctica: “Toda la idea del proyecto tenía sentido si se podía convocar a mucha gente, no por una cuestión del éxito sino por esta idea de ocupar un espacio cultural. Fue pensado de esta manera. Ahora, que se dé así efectivamente es una de esas casualidades del cosmos. Uno pone la mesa para tantas personas. Que vengan o no siempre es una variable”.

Como todo aquello que se vuelve popular, es inevitable que el arte sufra de alguna u otra manera. Por momentos, parece ser reducido a una excusa para el encuentro y la socialización, negándole el respeto y la atención que merece la banda y la obra, convirtiendo la experiencia en un mero acto de presentismo. Como explica Inchausti: “Hay días que siento que podemos tocar cualquier cosa y la gente va a estar feliz igual, y eso no me halaga. Me gusta sentir que hay un público despierto”.

La música y el público viven una significativa retroalimentación, estableciendo, por momentos, pasajes casi dialógicos. Esto no escapa a la mirada creativa de los directores. Los climas a lo largo del show son tratados como paisajes en un viaje. “El principio del show es un momento donde podés experimentar más. Tenés un tiempo distinto a si los agarrás en la última media hora. Hay momentos en donde el grupo mira hacia adentro y momentos donde está más conectado con la gente y busca esa cosa de fiesta”, explica Andrés Inchausti. “Por eso nosotros tenemos que mantener un equilibrio entre lo que la gente espera de nosotros pero, al mismo tiempo, permitirnos un grado de experimentación. El público, aunque sea inconscientemente, te predispone a repetir lo que funcionó en el pasado, y hay que luchar contra eso”, agrega Vázquez.
Inchausti analiza: “Lo que sí te digo es que cuando es tremendo, una de esas noches que no se puede creer, lo siente todo el mundo. No pasa desapercibido”. No por nada cada show termina con el efusivo pedido de la banda para que la gente salga tranquila y no se quede tocando instrumentos por el barrio, por respeto a los vecinos. Así, las palabras buscan amortiguar una explosión alimentada semana a semana, pero que remite a la esencia del hombre: ritmo, baile, comunión. Nada mal para un lunes a la noche.



Martín Santoro
04.07.2008



* Esta nota fue publicada en la revista Clase Ejecutiva, del diario El Cronista Comercial. Noviemre 2008, nº54

Mitch Mitchell: 09/07/1947 - 12/11/2008

0 comentarios

Alineación al centro

Con la Jimi Hendrix Experience. Ya no queda ninguno...

...se juntaron del otro lado

No te dejes desanimar

0 comentarios
Nunca dejes de abrirte,
no dejes de reirte,
no te cubras de soledad
y si el miedo te derrumba
si tu luna no alumbra
si tu cuerpo no da más...
No te dejes desanimar
basta ya de llorar
para un poco tu mente y ven acá.

Estás harto de ver los diarios
estás harto de los horarios
estás harto de estar en tu lugar,
ya no escuchas el canto de los mares
ya no sueñas con lindos lugares
para descansar una eternidad...
No te dejes desanimar
no te dejes matar
quedan tantas mañanas por andar.

Más allá del espejo

2 comentarios
“He sido imitado tan bien que hasta escuché gente copiar mis errores”, contaba con humor Jimi Hendrix a fines de los sesentas. Se dice que la imitación es el mayor cumplido que un artista puede recibir. Puede no ser la forma más noble, pero ciertamente es la que despierta mayor controversia. Tal vez este sea el germen que dio vida al movimiento de bandas tributo, fenómeno que actualmente es un miembro tan estable como notable del cosmos artístico de la Argentina. No es tarea fácil llenar el vacío que dejó en la gente la desaparición de bandas como The Beatles, Queen o Pink Floyd, especialmente si se considera que esa abstinencia no tiene brecha generacional. Padres e hijos por igual se vuelcan a ellas en busca de un pasado latente. Conocerlas es ciertamente un viaje mágico y misterioso.

Una de las bandas que dio el puntapié inicial a este movimiento fueron los Danger Four y su tributo a The Beatles, que cumple 25 años. El rol fundacional incomoda un poco a Coco Boudakian, líder de la banda. “Pionero significa muchos años, muchos años significa vejez y eso ya no me gustó”, argumenta con coquetería. Lo cierto es que las bandas que hoy sobresalen con sus propuestas y convocatoria alcanzan o incluso superan la década de vida, descartando las sospechas de adhesión a una moda pasajera y reafirmando su naturaleza de proyecto a largo plazo. Sobrevivir y triunfar como banda tributo tiene sus particularidades. Pese a que la tentación es fuerte, no se las puede comparar directamente con la dinámica de bandas originales, así como tampoco se las puede evaluar con las mismas reglas. No es que están corriendo por distintos carriles, sino que ni siquiera están jugando al mismo deporte.


Ver para creer

Salvo contados casos, no existe material discográfico de bandas tributo. Aquellas que lo intentan, suelen lograr un producto que se asemeja más a un souvenir o, cuando mucho, a una simpática postal que, a los oídos del público, siempre será pálida en comparación al original. Queda claro que el terreno a conquistar es el de la presentación en vivo. En ese marco, el show de la banda puede fusionarse con la proyección fantástica de la audiencia para establecer un juego de complicidad entre las partes en donde el viaje en tiempo y espacio es posible. Por eso, la estética y lo visual son engranajes fundamentales que sostienen la maquinaria tributo. Adrián Fares, director del documental Mundo Tributo (ver recuadro), tiene la teoría de que, por la naturaleza del genero, siempre tendrá más éxito una banda que perfecciona el aspecto estético que aquella que recalca lo musical. Si bien las dos caras operan como el ying y el yang de las agrupaciones, está claro que, a diferencia de las originales, un tributo no puede subsistir sin un logrado aporte visual.

Para Pablo Padín, la diferencia entre una buena banda tributo y una mala radica en la imagen. En el caso de su banda, Dios salve a la reina, el parecido físico natural de los músicos es una fortuna que se complementa con un detallado vestuario análogo al que usaba Queen en sus shows de los ochentas y un sistema de luces con una disposición casi idéntica. “Nosotros estamos en el más mínimo detalle, pendientes de lo subliminal, con gestos y movimientos, aunque arriba del escenario no lo pienso. Yo soy Freddie Mercury y no me importa nada”, afirma el cantante.

Ciertamente, la imagen es la base sobre la cual se construye la marca pero, si no se establece un criterio estético y escénico, el entusiasmo por ser pósteres vivientes puede actuar en detrimento del producto final. Coco Boudakian cuenta que para los Danger Four el vestuario es algo secundario: “Tenemos buena ropa para el escenario, glamorosa dentro del estilo beatle, pero un poco más actual. Hay otras bandas tributo que ponen un video, se cambian, tocan tres temas, ponen un video, se cambian, tocan tres temas… llega un momento que te preguntás si fuiste a ver una banda de rock o a un desfile de Roberto Giordano”.

La importancia de lo escénico también se evidencia incluso con los tributos a bandas sin una imagen tan icónica, como es el caso de Pink Floyd. El peso de lo estético en la agrupación inglesa para crear una identidad como banda era esencial, pero se valía de otros recursos más que de vestuario o caracterización de los músicos, quienes se avocaban por completo al sonido. Como cuenta Alejandro Iglesias, bajista de Ummagumma, “lo que importaba en los shows de Pink Floyd era tanto la música como las imágenes”. Y agrega: “Esa es nuestra idea también: pasar casi desapercibidos en el escenario”.

En este sentido, su banda cuenta con la tan clásica como fundamental pantalla circular como la que utilizaba Floyd para hacer proyecciones, marcando el pulso de las canciones y enalteciendo los climas a través de imágenes. Sobre esta base Ummagumma sube la apuesta con un potente sistema de lásers, recrea al avión que estalla contra el escenario como hacía la banda original durante el tema “On the run”, y también posee su propio cerdo inflable gigante, icono de la agrupación en vivo desde la edición del disco Animals en 1977. Todos son elementos que, cuando se conjugan correctamente en tiempo y forma, están diseñados para maximizar el impacto en el espectador y permite agregar una mayor verosimilitud a la fantasía.

Ummagumma

En el caso de The End, quienes también tributan a Pink Floyd, si bien cuentan con la clásica pantalla circular y un gran juego de luces, el verdadero atractivo sobre el escenario recae en la carismática figura de su cantante, Gorgui Moffatt. Su inclinación teatral le da las herramientas para comandar el escenario, contagiando al público de una ineludible energía. Su gestualidad y su lenguaje corporal le permiten personificar una canción sin la necesidad de recurrir a un disfraz. La imagen se complementa con un timbre vocal que transmite el mismo nivel de emoción y logra plasmar con gran fidelidad tanto el canto de Roger Waters como el de David Gilmour en un inglés completamente natural, herramienta clave a la hora de evitar una grieta en la ilusión.

A veces el afán por duplicar a la estrella puede llevar a que se diluyan las fronteras entre la persona y el personaje. Miembros de bandas que se llaman entre sí como sus respectivos emulados puede representar un detalle pintoresco para los seguidores, pero no deja de tener un tinte disonante. Alejandro Iglesias define su postura tajantemente: “Yo no conozco a ningún actor que se haga llamar como un personaje que interpretó”. En el caso de Freddie Mercury, Padín cuenta que es una fina línea que se cruza, voluntaria o involuntariamente: “Me preguntan mucho si la gente está esperando encontrar a Freddie debajo del escenario y si yo mismo sigo imaginando que soy él después de un show. Ahora los tengo bien separados. Decidí bajar un cambio. Si juego con la gente fuera del escenario o para sacarme una foto, es siempre como parte del show”.


La campana divisora

Existe un factor filosófico que divide las aguas en el mundo de las bandas tributo. Por un lado, están aquellos que ven en el tributo una plataforma donde existe un margen para darle un toque personal a la ejecución. A los oídos del público, es evidente que una línea muy fina separa al aporte del abuso, la cuota personal de la deformación. Saber moverse en esa frontera no es sólo una responsabilidad sino que es lo que hace brillar a una banda a los ojos de la gente. “Hemos hecho catársis entre todos y decidimos tocar como si los Beatles lo estuviesen haciendo hoy, año 2008. Paul McCartney no hace los temas igual que los originales, y nosotros adoptamos esa misma metodología, porque sino van a pasar veinte años más y vamos a seguir tocando con el sonido de los sesenta”, confiesa Boudakian.

Con parámetros similares se maneja The End: muchos temas de los primeros discos son aggiornados para lograr un sonido más moderno y rockero. A la hora de tributar a un coloso sonoro como Pink Floyd, la traducción al vivo se vuelve un desafío. Como bien marca Matías Dietrich, guitarrista de la banda, “la realidad es que ni el mismo Gilmour suena como el de los discos”. Vale recordar que cuando sacó su primer disco enteramente en vivo, Floyd necesitó once músicos en escena para aproximarse a la hiper producción del material de estudio. “Con obras como The Wall y Dark Side of the Moon, no hay mucho margen para cambiar. A esos discos le damos el mayor grado de fidelidad posible. Obviamente, ante un solo de nueve minutos uno tiene cierta libertad para improvisar y tocar más a su estilo. Yo hago la primera parte lo más parecida posible y el resto, a mi manera. Porque para escucharlo tal cual está el disco, y también es más divertido para mí y para la gente”, afirma.

Este es un punto clave en la postura de The End, que queda evidenciado en sus shows: las licencias en la música siempre son en pos de una mejor experiencia en vivo y un mayor impacto en la audiencia, nunca poniéndose por sobre la música de Pink Floyd sino dándole una nueva vitalidad acorde al contexto. “Nos parece divertido para la gente darle un valor agregado, y que no vengan a ver una banda tributo solamente. Ese término suena peyorativo hoy por hoy. Creo que no somos una banda que tributa sino una banda que interpreta la música de Pink Floyd”, concluye.


The End

En contraposición, surge la doctrina que considera que el tributo requiere una fidelidad total respecto a la obra original. Tal es el caso de Ummagumma, donde existe una necesidad casi ontológica de alcanzar un grado de analogía absoluta. “Sólo vemos una forma de hacer los temas: así. Si nos vienen a ver es porque buscan esa fidelidad. Hay otras bandas que se dan licencias y la gente los va a ver también. No es una cuestión de bien o mal”, opina el bajista Alejandro Iglesias, y agrega que “está bueno que haya esa diferencia porque permite que puedan existir las dos bandas sin problemas”.

Ese espíritu perfeccionista de Ummagumma es el que los lleva a dedicarle días o incluso semanas de exploración en busca de un sonido particular que active en el oyente un recuerdo directo a la imagen auditiva del disco original. “El afán de esa fidelidad es más nuestra que del público. Es la satisfacción de lograrlo y darnos cuenta de que sonamos igual. Eso es lo que nos mueve: que pongan un CD, después nos escuchen a nosotros y sea calcado”.

La última postura viene a ahondar en una de las clásicas críticas y prejuicios a romper a la hora de ver (y disfrutar) de una banda tributo: ¿dónde está la originalidad? El interrogante ha sido un pilar para arduos ataques hacia este movimiento, acusándolo de una carente creatividad y, por ende, de un cuestionable talento. Esta lectura reduccionista saca a relucir un paradigma clásico en el rock, donde el valor se pone en el individualismo entendido como la expresión propia, personal y única canalizada a través de la música. Ser uno mismo. Así, el mensaje-slogan puede predisponer de forma negativa al público frente a una banda tributo, falseando su interpretación o el marco en el que debe establecer las “reglas”. No obstante, al aplicar la misma postura a otros géneros como la música clásica o la ópera esta carece de peso ya que las “leyes” mentales del público son otras. A una orquesta no se le resta mérito por ejecutar la obra de otro, ni a un cantante de ópera por reinterpretar un personaje. Es por eso que generalmente el tributo es un ser híbrido que baila sutilmente en la frontera que divide al teatro de la música, con actores que, en vez de aprender un diálogo, aprenden una canción.


Made in Argentina

Todas las bandas tributadas comparten un punto en común: el idioma inglés. Este detalle obvio es una de las claves para comprender la facilidad con la que una buena banda puede penetrar mercados exteriores. Sobre el escenario, no hay otra nacionalidad más que la del personaje. Boudakian lo define categóricamente: “Con la música de los Beatles, no importa en qué país estés. Si lo hacés bien, vas a triunfar”. Así, el mercado sudamericano no representa un imposible para estas bandas: el verdadero desafío es lograr éxito en el viejo continente. Dios salve a la reina es una de las pocas que puede ostentar esa victoria, ya que pasó por escenarios suizos, escoceses, galeses, españoles...“Para tocar en lugares como Inglaterra tenés que ser muy bueno. ¿Quién conoce mejor a Queen que ellos mismos? Es como que venga un inglés acá y haga perfectamente un tributo a Charly García”, explica el cantante.


Dios salve a la reina

Así como sólo unos pocos logran expandirse a otros mercados, también son contadas las bandas tributo que logran generar una ganancia suficiente para que los músicos puedan vivir exclusivamente de ellas. En la mayoría de los casos, las ganancias son reinvertidas en puestas cada vez más ambiciosas, lo cual refleja un afán de crecimiento artístico por sobre el económico. Un caso paradigmático es el de The End, que hizo dos de los shows más envidiables (por la calidad y la magnitud) que cualquier banda tributo puede hacer: primero, llenaron el Luna Park en dos oportunidades con un impresionante despliegue escénico para conmemorar The Wall, y luego realizaron un show en el teatro Gran Rex junto con la Orquesta Sinfónica Nacional, con la dirección del Maestro Perusso y con arreglos de Spatocco, Raffo y Lopez Camelo, experiencia que esperan repetir a fin de año. Fueron espectáculos caros que no le generaron ganancias económicas a la banda. “No nos interesa ganar plata en pos de la puesta en escena. Tuvimos que tocar un año para terminar de pagar un show ‘exitoso’”, explica Dietrich. Al referirse a su experiencia con la sinfónica, reflexiona: “Los arreglos están hechos por músicos argentinos, la orquesta es argentina… Estás viendo un producto, modestia aparte, de calidad internacional. Mucha gente va a ver bandas porque vienen de afuera pero acá hay cosas súper valiosas que están a la altura o son incluso mejores”.

La apuesta a mayores producciones apunta a la simbiosis y al flujo emocional que se genera entre el público y la banda, como un ritual. Este esfuerzo también ayuda a despejar una de las máximas interrogantes a plantearse frente a tributos: ante una sala llena, ¿cuánto mérito es propio y cuánto de la banda original? En el caso de Ummagmma, Igesias considera que el principal mérito es de Floyd: “Pero que estén ahí viéndonos a nosotros significa que algo bien debemos estar haciendo. En el show la energía se transmite de nosotros al público y entre el público mismo. Hay gente que se emociona hasta las lágrimas y eso escuchando el disco en la comodidad de sus casas tal vez no pasa”.

El camino del tributo es arduo y sinuoso. Por un lado, las bandas están rindiendo un examen perpetuo frente a audiencias, medios y colegas. Se pone en tela de juicio su legitimidad usando los mismos parámetros de evaluación que a cualquier banda (original) cuando en realidad la lectura tendría que hacerse con las reglas propias del género. Por suerte, en la mayoría de los casos, el motor sigue siendo la pasión. Eso se transmite directamente al público que los cobija y coloca al lado del póster, del ídolo, del mito, diluyendo parcialmente un sentimiento de orfandad y saciando una necesidad de viajar en tiempo que no discrimina generaciones. Ante esto, hay músicos que tienen la sabiduría de mantener los pies en la tierra. Como bien dice Coco Boudakian: “Es el sueño del pibe, vivir de la música. Es una bendición, porque trabajo de verdad es levantarse a las seis de la mañana e ir a cargar bolsas al puerto. Esto es una beca que Dios te dio y hay que aprovecharla lo más que puedas”.


Martín Santoro
27.06.2008




- RECUADRO -

Ojos de videotape

“Conocé a las mejores bandas del mundo… tributo”. Ese simple slogan logra despertar curiosidad, tanto en el melómano como en el espectador casual, sobre uno de los temas más mencionados pero menos analizados de la música actual. "Mundo Tributo" es un documental dirigido por Adrián Fares y Leo Rosales que invita, con picardía y cierto espíritu voyeurista, a adentrarse en este mundo particular, en donde se puede conocer el lado humano de los músicos, el funcionamiento y sus motivaciones, al tomarlos tanto en momentos previos a un show como en contextos cotidianos.

Desde los camarines del concurso beatle del Cavern Club hasta las peripecias de la banda rosarina Kissmanía en Buenos Aires, el trabajo sigue a agrupaciones de todo tipo y convocatoria. Fares cuenta que la idea de realizar el documental surgió en agosto de 2006, luego de haber visto a Dr. Queen/The One, banda que homenajea a Queen. Fue la reacción de la gente lo que despertó cierta curiosidad sobre la dinámica del tributo. Una vez puesto en marcha el proyecto, las bandas aceptaron instantáneamente participar en el documental. El lugar del guión fue cedido a la espontaneidad del momento, presentando todo en su estado más puro.


* Esta nota fue publicada en la revista Clase Ejecutiva, del diario El Cronista Comercial. Octubre 2008, nº53